Supongamos que "el sistema", es decir, este país, sus universidades, sus empresas y similares, son armarios gigantes divididos en gavetas con funciones bien definidas en las que se guardan a los individuos como si fueran prendas de vestir; medias de color en la última gaveta, blancas en la cuarta, franelas en la tercera, camisas en la segunda, y ropa interior en la primera. O como si todos fuéramos documentos a ser archivados en carpeticas de color. Gringos en la carpeta blanca, negros en la negra y latinos en la roja; sólo por citar ejemplos. Qué sucede, sin embargo, cuándo hay que archivar la vida de alguien que nació en Estados Unidos, se crió en Noruega y es negro. No hay carpetica para esta persona y esto puede desatar un verdadero caos.
Para muestra mi propio caso. Desde el primer día en esta ciudad no he entrado en ninguna gaveta. No estoy diciendo esto para quejarme sino porque así ha sucedido. El día que fui a comprar el Blackberry y una línea en T-Mobile, no entendían por qué si era estadounidense no tenía historia de crédito. El hindú con cara de buena gente me preguntó por qué y yo le respondí que porque no había vivido aquí. Luego me preguntó si tenía social security number y pasaporte y le dije que sí. Su cara era de ignorancia total. Me dijo que me fuera a otra compañía. Allí no había gaveta para mí.
Luego vino el "señor de las tierras", claro. Como buen hombre de negocios él fue más práctico y me puso en la carpetica que más le convenía. La de inmigrante para que pagara por adelantado.
- Pero yo nací aquí.
- Pero nunca viviste aquí y no tienes historia de crédito.
Y después vino su inolvidable frase de "ve a macy's y sácate una tarjeta, en este país no existes sin historia de crédito". La razón para este episodio podría ser que el "señor de las tierras" es un grandísimo imbécil pero resulta que él no es el único que no sabe donde ponerme. En el curso de inglés tampoco tenían gaveta para mí. Llegue allí el día de la convocatoria para el sorteo (se trata de un curso gratis y hay mas gente que cupos) con mis dos pasaportes y la chica que debía llenar mis datos me miró con cara de qué haces aquí.
- Tú no eres inmigrante.
- Técnicamente, le respondí yo.
- Tienes pasaporte de Estados Unidos, me dijo ella.
- También tengo de Venezuela.
Y comenzó la lloradera. Que yo no sé hablar inglés (lo cual no es completamente cierto), que yo nunca he vivido en este país, que no encajo en ningún lado, que si alguien, y aquí quise decir, alguna organización, ente, o persona, en este país, no me daba una oportunidad yo no sabía que iba a pasar conmigo. Está bien, exageré, pero de verdad quería entrar en el curso y funcionó. Hicieron lo que los gringos no saben o no les gusta hacer: una excepción.
Al lunes siguiente, fui como me indicaron al exámen para determinar en qué curso estaría, y allí también sucedió, mi nivel de inglés era muy alto según sus estándares. Volví a llorar, le dije al profesor que tengo lagunas gramaticales (lo cual es completamente cierto) y después de un buen rato lo convencí. Bueno, medio lo convencí, porque hace dos días me dijo que si seguía participando tanto me iba a pedir que me fuera de la clase. Según y porque intimidaba a los demás.
¿Qué pasa? ¿Por qué los desequilibra tanto no saber dónde clasificar a alguien? ¿Quién les dijo que todo debía ser clasificado? ¿No se les ha ocurrido crear una gavetica para los inclasificables? Yo me puedo adaptar a ser una inclasificable, como me he adaptado a muchas otras cosas, pero en realidad me preocupan ellos. Me da angustia pensar que no tienen lugar para la espontaneidad. Les propongo que hagan una gaveta chiquitica. O más bien una gaveta bien grande dónde quepa yo y todos los como yo. Una gaveta para los inclasificables.
miércoles, 29 de octubre de 2008
martes, 28 de octubre de 2008
Ladrona y policía
Cuando de niña jugaba al policía y el ladrón no imaginaba que este juego, inocente en aquel momento, se convertiría en una ácida constante en mi vida. Las únicas diferencias radicarían en que el juego no sería imaginario, que la ladrona y la policía sería yo misma y que el juego de roles sería más bien una realidad fastidiosa que no daría risa ni despertaría ternura.
Recuerdo que durante la infancia la mayoría de las veces yo era la policía y que un grupete de primos revoltosos eran los ladrones, y yo en mi deber tenía que evitar que ellos hicieran fechorías y llevarlos a la cárcel, muy bien resguardada por mi, en caso de que cometieran algún crimen, que en aquel tiempo se reducía a montar a caballos en la grama de la finca que mi abuelo tenía, en lugar del picadero diseñado para eso, o robarse dulces de la cartera de mi abuela.
Ahora cuando me he convertido en ladrona y policía de mis propios días y mi propia vida, recuerdo con nostalgia y deseo que mis primos revoltosos vuelvan a robarse los dulces de mi abuela. Deseo que el castigo sea subir una carretilla con rocas por una pequeña colina o correr lo más duro que pudiesen y no una retajila de insultos hirientes e inolvidables. Pero mis primos revoltosos no están aquí, y el peor castigo es el que se imparte uno mismo.
A veces pienso que es un rasgo netamente femenino esto de estar encima de una, de los kilos de más, de los platos sucios, del almuerzo del esposo, de planear las vacaciones, de no gastar demasiado dinero, de no descuidar el trabajo, de no de quedarse sentada a ver cómo la vida pasa por enfrente de uno. Otras veces creo que si es cierto que este es un rasgo femenino yo, que amo los extremos, llevo mis deslices, o debilidades a una celda blindada con doble cerradura, de modo que de ahí no puedan salir.
Paso horas vigilándome, hasta que al final me escapo, me convierto en ladrona y hago desastres. Olvido pagar las facturas, no lavo la ropa, en lugar me voy a pasear, no escribo los ensayos para las universidades, en cambio leo un libro o escribo este blog y me pierdo en la felicidad de ser una ladrona que flota libre por la vida. Pero cuando llega la policía y descubre el desastre que ha hecho la ladrona me siento avergonzada y poca cosa.
A veces me agoto de ser ladrona y policía y en esos momentos me pregunto si no existiese la policía para qué existiría la ladrona, o viceversa. ¿No debería dejarme ser, en paz, tranquila, como mis primos revoltosos que montaban a caballo en la grama? Quién sabe a dónde llegaría. O lo que es más importante: cómo sería el recorrido.
Recuerdo que durante la infancia la mayoría de las veces yo era la policía y que un grupete de primos revoltosos eran los ladrones, y yo en mi deber tenía que evitar que ellos hicieran fechorías y llevarlos a la cárcel, muy bien resguardada por mi, en caso de que cometieran algún crimen, que en aquel tiempo se reducía a montar a caballos en la grama de la finca que mi abuelo tenía, en lugar del picadero diseñado para eso, o robarse dulces de la cartera de mi abuela.
Ahora cuando me he convertido en ladrona y policía de mis propios días y mi propia vida, recuerdo con nostalgia y deseo que mis primos revoltosos vuelvan a robarse los dulces de mi abuela. Deseo que el castigo sea subir una carretilla con rocas por una pequeña colina o correr lo más duro que pudiesen y no una retajila de insultos hirientes e inolvidables. Pero mis primos revoltosos no están aquí, y el peor castigo es el que se imparte uno mismo.
A veces pienso que es un rasgo netamente femenino esto de estar encima de una, de los kilos de más, de los platos sucios, del almuerzo del esposo, de planear las vacaciones, de no gastar demasiado dinero, de no descuidar el trabajo, de no de quedarse sentada a ver cómo la vida pasa por enfrente de uno. Otras veces creo que si es cierto que este es un rasgo femenino yo, que amo los extremos, llevo mis deslices, o debilidades a una celda blindada con doble cerradura, de modo que de ahí no puedan salir.
Paso horas vigilándome, hasta que al final me escapo, me convierto en ladrona y hago desastres. Olvido pagar las facturas, no lavo la ropa, en lugar me voy a pasear, no escribo los ensayos para las universidades, en cambio leo un libro o escribo este blog y me pierdo en la felicidad de ser una ladrona que flota libre por la vida. Pero cuando llega la policía y descubre el desastre que ha hecho la ladrona me siento avergonzada y poca cosa.
A veces me agoto de ser ladrona y policía y en esos momentos me pregunto si no existiese la policía para qué existiría la ladrona, o viceversa. ¿No debería dejarme ser, en paz, tranquila, como mis primos revoltosos que montaban a caballo en la grama? Quién sabe a dónde llegaría. O lo que es más importante: cómo sería el recorrido.
lunes, 27 de octubre de 2008
Abollada en la ciudad intensa
Las consecuencias de vivir en una ciudad intensa que vibra a un ritmo estrepitoso las siento en mi cuerpo, mi cabeza, mi casa y mi vida. Suena un tanto dramático pero en realidad no lo es. Sucede que ir a clases en la manaña, salir en la tarde-noche, escribir en la madrugada y despertarme a las 7:30 am hizo estragos en mi. Esto podía sucederme en Caracas algunas veces pero en Nueva York parece ser la regla. Nadie quiere perderse la ciudad, nadie puede dejar de trabajar, asi que lo mas lógico y natural parece ser sacrificar las horas de descanso y sueño.
Con Federico de visita el ritmo se intensificó. En la mañana clases, en la tarde pasear por la ciudad, en la noche salir a bailar, a tomar, a cenar o cualquier otra actividad y los fines de semana jornadas de hasta 15 horas seguidas para conocer la ciudad. A los dos días, Fede me dijo que sentía que llevaba una semana en Nueva York y a la semana me dijo que creía que llevaba dos meses. Yo siento que él se fue hace dos semanas, cuando en realidad se fue hace tres días. Creo que así es el tiempo en todos lados pero mas aún en Nueva York, totalmente relativo y acomodaticio. El detalle es que si uno lo ignora luego paga las consecuencias.
Así, si es posible hacer en un día lo que se haría en una semana entera pero el cuerpo, al menos a esta edad, -creo que no es igual si se tiene 20 (no exagero)-, lo siente. El sábado apenas Fede se fue quería quedarme en la cama todo el día pero Licantro queria salir y decidí complacerlo. Fuimos a Soho y llegamos a las siete de la noche, a cocinar, lavar platos y luego dormir.
Cuando ayer domingo pude echarme en el sofa y pensar en los 10 días que había tenido me di cuenta de las consecuencias de vivir la ciudad intensamente como si el resto no existiera: un montón de ropa sucia pues no hubo chance de lavar, la casa llena de polvo por falta de tiempo también, mis pies adolaridos, mi cabeza resentida, mi cuerpo exhausto y una gripe por las tranochadas que parece eterna.
Yo sólo quería dormir e ignorar el mundo por un día, pero Licantro tenia un punto: si nos nos encargamos de la casa hoy cuando lo hacemos. Asi que adiós a la idea de estar arropada en el sofa entre dormida y despierta viendo television y hello al monton de ropa y la aspiradora. El equilibrio siempre ha sido una palabra difícil de entender para mi. Cómo logro hacer todo sin que mi cuerpo se sienta. Cómo cumplo conmigo, con Licantro, con mi familia sin dejar a un lado a esta ciudad que se ha convertido en mi gran adicción.
De pequeña leí Momo, una historia de una niña cuyo gran talento era escuchar. En uno de los capitulos, ella y sus amigos, entre ellos una tortuga gigante, debían luchar contra los hombres grises unos seres delgados y grises que le robaban el tiempo a la gente. Penélope tambien leyó el cuento, y apenas llegue a Nueva York, me lo dijo: aquí viven los hombres grises. Ahora tres meses después cuando no hago casi nada y mucho al mismo tiempo me doy cuenta de que es parcialmente cierto. No es que no haya tiempo para todo, es que no hay Extranjera para todo. No me basto. Necesito otra como yo para que salga cuando yo estudio, para que trabaje cuando yo salga, y para que estudie cuando yo limpie. Y yo, mientras ellas hacen todo eso, me quedaré arropada en el sofa con los ojos entreabiertos.
Con Federico de visita el ritmo se intensificó. En la mañana clases, en la tarde pasear por la ciudad, en la noche salir a bailar, a tomar, a cenar o cualquier otra actividad y los fines de semana jornadas de hasta 15 horas seguidas para conocer la ciudad. A los dos días, Fede me dijo que sentía que llevaba una semana en Nueva York y a la semana me dijo que creía que llevaba dos meses. Yo siento que él se fue hace dos semanas, cuando en realidad se fue hace tres días. Creo que así es el tiempo en todos lados pero mas aún en Nueva York, totalmente relativo y acomodaticio. El detalle es que si uno lo ignora luego paga las consecuencias.
Así, si es posible hacer en un día lo que se haría en una semana entera pero el cuerpo, al menos a esta edad, -creo que no es igual si se tiene 20 (no exagero)-, lo siente. El sábado apenas Fede se fue quería quedarme en la cama todo el día pero Licantro queria salir y decidí complacerlo. Fuimos a Soho y llegamos a las siete de la noche, a cocinar, lavar platos y luego dormir.
Cuando ayer domingo pude echarme en el sofa y pensar en los 10 días que había tenido me di cuenta de las consecuencias de vivir la ciudad intensamente como si el resto no existiera: un montón de ropa sucia pues no hubo chance de lavar, la casa llena de polvo por falta de tiempo también, mis pies adolaridos, mi cabeza resentida, mi cuerpo exhausto y una gripe por las tranochadas que parece eterna.
Yo sólo quería dormir e ignorar el mundo por un día, pero Licantro tenia un punto: si nos nos encargamos de la casa hoy cuando lo hacemos. Asi que adiós a la idea de estar arropada en el sofa entre dormida y despierta viendo television y hello al monton de ropa y la aspiradora. El equilibrio siempre ha sido una palabra difícil de entender para mi. Cómo logro hacer todo sin que mi cuerpo se sienta. Cómo cumplo conmigo, con Licantro, con mi familia sin dejar a un lado a esta ciudad que se ha convertido en mi gran adicción.
De pequeña leí Momo, una historia de una niña cuyo gran talento era escuchar. En uno de los capitulos, ella y sus amigos, entre ellos una tortuga gigante, debían luchar contra los hombres grises unos seres delgados y grises que le robaban el tiempo a la gente. Penélope tambien leyó el cuento, y apenas llegue a Nueva York, me lo dijo: aquí viven los hombres grises. Ahora tres meses después cuando no hago casi nada y mucho al mismo tiempo me doy cuenta de que es parcialmente cierto. No es que no haya tiempo para todo, es que no hay Extranjera para todo. No me basto. Necesito otra como yo para que salga cuando yo estudio, para que trabaje cuando yo salga, y para que estudie cuando yo limpie. Y yo, mientras ellas hacen todo eso, me quedaré arropada en el sofa con los ojos entreabiertos.
domingo, 26 de octubre de 2008
Vacilaciones sobre un sombrero
Conversaciones al borde de la madrugada con Federico mi costilla justo antes de su partida.
- Ese sombrero tuyo si que te queda bien, dijo Federico a la distancia, mientras terminaba de arreglar sus maletas.
- Sí verdad, me gusta tanto que quiero dormir con él. Gracias por decirme que me lo comprara porque la verdad era un poco caro, dije yo echada desde el sofá.
- Yo pienso que cuando a alguien le queda bien algo debe comprárselo en todos los colores. Lástima que no había sino ese azul. Has debido comprártelo en todos los colores.
- Sí, ya sé. Voy a ir a otro Filene's basement sin decirle a Licantro y me compro dos más.
- (risa de Federico). Totalmente.
- Entendí cuál es el éxito de esta boina y porque me queda mejor que la amarilla que me compré en Target. Párame que esto es importante, dije yo, todavía echada en el sofá.
- Te estoy oyendo, sólo que no puedo dejar de hacer maletas, contestó el Fede. Dime, ¿cúal es el secreto de tu sombrero?
- Es el doblés que tiene el cashemire, que permite que caiga sim importar para que lado te lo pongas.
- (En este punto Fede se acerca al sofá y revisa la boina) Es verdad. ¿Y cómo se mantendrá ese doblés? Es curioso.
- Porque está hecho con plancha y ya no se le quita mas nunca, le contesté.
- Estás hablando tonterías. Mejor vete a dormir.
- Sí, ya sé. Es sólo que no quiero que te vayas.
- Sigues hablando sin sentido. Ve a dormir.
- Okey pero con el sombrero.
- Está bien. Mira (dijo justo antes de que me fuera a la cama), yo también te voy a extrañar.
- Ese sombrero tuyo si que te queda bien, dijo Federico a la distancia, mientras terminaba de arreglar sus maletas.
- Sí verdad, me gusta tanto que quiero dormir con él. Gracias por decirme que me lo comprara porque la verdad era un poco caro, dije yo echada desde el sofá.
- Yo pienso que cuando a alguien le queda bien algo debe comprárselo en todos los colores. Lástima que no había sino ese azul. Has debido comprártelo en todos los colores.
- Sí, ya sé. Voy a ir a otro Filene's basement sin decirle a Licantro y me compro dos más.
- (risa de Federico). Totalmente.
- Entendí cuál es el éxito de esta boina y porque me queda mejor que la amarilla que me compré en Target. Párame que esto es importante, dije yo, todavía echada en el sofá.
- Te estoy oyendo, sólo que no puedo dejar de hacer maletas, contestó el Fede. Dime, ¿cúal es el secreto de tu sombrero?
- Es el doblés que tiene el cashemire, que permite que caiga sim importar para que lado te lo pongas.
- (En este punto Fede se acerca al sofá y revisa la boina) Es verdad. ¿Y cómo se mantendrá ese doblés? Es curioso.
- Porque está hecho con plancha y ya no se le quita mas nunca, le contesté.
- Estás hablando tonterías. Mejor vete a dormir.
- Sí, ya sé. Es sólo que no quiero que te vayas.
- Sigues hablando sin sentido. Ve a dormir.
- Okey pero con el sombrero.
- Está bien. Mira (dijo justo antes de que me fuera a la cama), yo también te voy a extrañar.
miércoles, 22 de octubre de 2008
Mi primera celebridad y cuarto
Ajá! Yo sabía que tarde o temprano pasaría. Fue algo tarde a decir verdad, pero sucedió. Vi a mi primera celebridad hace dos días mientras visitaba la tienda de una amiga venezolana en Soho. Ya alguien me había dicho por ahí, que el truco era ir a Soho, pasarse todo el día ahí, y esperar con paciencia pues alguien pasaría. Así fue.
Antes de que sucediera ya habían indicios de que mi primera celebridad estaba por llegar. O yo por llegar a ella. Hace una semana mientras estaba con Luciana y Nicoleta en la librería pública nos enteramos de que esa misma noche se celebraría allí un evento del grupo Conde Nast (dueños de Vanity Fair, Vogue, Glamour, entre otras revistas) y asistirían varias celebridades. Un guardia de nombre Sambi que Nicoleta, una barranquillera de cabello rubio y hermosos ojos verdes, había conocido ese día, nos prometió que nos ayudaría a entrar.
Como Luciana no estaba vestida apropiadamente (andaba en jeans y zapatos de goma) fuimos a comprarle una nueva pinta en H&M. Cuando íbamos en camino, vimos que en Cipriani, un punto de encuentro fijo para la sociedad neoyorquina, celebridades y realeza de otros países, había una alfombra roja, y algunos paparazzis. Esperamos un rato pero nadie llegó y nos fuimos.
De regreso pasamos de nuevo por ahí y unos españoles nos mostraron la foto que le habían tomado a Plácido Domingo mientras nosotras intentábamos encontrar un nuevo outfit por menos de 30 dólares. Antes de comprar decidimos echar un vistazo en la biblioteca pública. Por las ventanas se veían luces, pero no había rastro de nadie. Mucho menos de Sambi. Consideré la idea de que tal vez yo era una espanta celebridades. Nicoleta que se fijó en mi cara de decepción me dijo, "tranquila, cuando veas a un famoso te lo encontrarás de cerca y para tí sola".
Más o menos así sucedió hace dos días. Paseábamos las tres con Federico mi costilla por Soho, cuando entramos a la tienda de una venezolana amiga que Federico había entrevistado en Caracas hace algún tiempo. Minutos después de entrar Nicoleta empezó a tocarme el hombro y a decir mi nombre entrecortado.
- ¿Qué pasó?, le dije.
- Ahí, una actriz, respondió.
Miré y frente al espejo, probándose unos pantalones vi a una mujer con apariencia desaliñada, muy blanca y de cabello oscuro. Hice una googleo mental y la encontré. Las escenas de Asesinos por Naturaleza vinieron a mi cabeza.
- ¿Esa no es Juliette Lewis?, le pregunté a mi amiga, la dueña de la tienda.
- Sí, esa misma.
- Al fin. Desde que llegué a Nueva York no había visto a nadie, le confesé.
- Nooooo, me dijo con el mismo tono de sorpresa que ya no me provocaría rabia. Siéntate en las escaleras de la tienda y las verás a todas pasar. Creí que era una metáfora pero no lo era. Eso lo supe más tarde.
En el momento sólo examiné a la Lewis y pude ver que: 1. El tiempo no pasa en vano. 2. Es realmente flaca (talla 0 me confesó luego mi amiga). 3. Como me escribió una amiga en este blog, la perfección en estos días se llama Photoshop. La mujer que yo ví no tenía nada que ver con las fotos que luego encontré en internet. Federico al verla dijo con malicia: "Juliette tiene esa apariencia que los paparazzi adoran para luego destruir".
Resolvimos irnos pues si seguíamos viéndola los cuatro, la íbamos a espantar de la tienda de mi amiga y ella no haría ninguna venta. Luciana propuso que fuéramos a un bar, llamado Peep, a media cuadra de allí. Había happy hour y pedimos una ronda de Lychee Mojitos.
Cuando salimos vimos un despliegue de cámaras y un gentío apurruñado en la calle. Mi celular sonó. Era la diseñadora venezolana: ¿Viste a Keira Knightley? En ese instante, Federico comenzó a jalarme el sueter, pero yo, que estaba al teléfono no atiné a hacerle caso. Keiraaaa, escuhé que gritaban. Mientras yo tenía mi teléfono en la oreja, ella me había pasado por un lado y en cuestión de segundos entró a un Merecedes Benz negro y se fue. Nicoleta y Fede la vieron, Luciana la vio en pantalla, y yo sólo atiné a ver a un codo cubierto por un trench coat beige. Me dio rabia, sentí envidia (de la mala) por Fede y Nicoleta, pero luego pensé que una celebridad y un cuarto es mejor que ninguna.
Antes de que sucediera ya habían indicios de que mi primera celebridad estaba por llegar. O yo por llegar a ella. Hace una semana mientras estaba con Luciana y Nicoleta en la librería pública nos enteramos de que esa misma noche se celebraría allí un evento del grupo Conde Nast (dueños de Vanity Fair, Vogue, Glamour, entre otras revistas) y asistirían varias celebridades. Un guardia de nombre Sambi que Nicoleta, una barranquillera de cabello rubio y hermosos ojos verdes, había conocido ese día, nos prometió que nos ayudaría a entrar.
Como Luciana no estaba vestida apropiadamente (andaba en jeans y zapatos de goma) fuimos a comprarle una nueva pinta en H&M. Cuando íbamos en camino, vimos que en Cipriani, un punto de encuentro fijo para la sociedad neoyorquina, celebridades y realeza de otros países, había una alfombra roja, y algunos paparazzis. Esperamos un rato pero nadie llegó y nos fuimos.
De regreso pasamos de nuevo por ahí y unos españoles nos mostraron la foto que le habían tomado a Plácido Domingo mientras nosotras intentábamos encontrar un nuevo outfit por menos de 30 dólares. Antes de comprar decidimos echar un vistazo en la biblioteca pública. Por las ventanas se veían luces, pero no había rastro de nadie. Mucho menos de Sambi. Consideré la idea de que tal vez yo era una espanta celebridades. Nicoleta que se fijó en mi cara de decepción me dijo, "tranquila, cuando veas a un famoso te lo encontrarás de cerca y para tí sola".
Más o menos así sucedió hace dos días. Paseábamos las tres con Federico mi costilla por Soho, cuando entramos a la tienda de una venezolana amiga que Federico había entrevistado en Caracas hace algún tiempo. Minutos después de entrar Nicoleta empezó a tocarme el hombro y a decir mi nombre entrecortado.
- ¿Qué pasó?, le dije.
- Ahí, una actriz, respondió.
Miré y frente al espejo, probándose unos pantalones vi a una mujer con apariencia desaliñada, muy blanca y de cabello oscuro. Hice una googleo mental y la encontré. Las escenas de Asesinos por Naturaleza vinieron a mi cabeza.
- ¿Esa no es Juliette Lewis?, le pregunté a mi amiga, la dueña de la tienda.
- Sí, esa misma.
- Al fin. Desde que llegué a Nueva York no había visto a nadie, le confesé.
- Nooooo, me dijo con el mismo tono de sorpresa que ya no me provocaría rabia. Siéntate en las escaleras de la tienda y las verás a todas pasar. Creí que era una metáfora pero no lo era. Eso lo supe más tarde.
En el momento sólo examiné a la Lewis y pude ver que: 1. El tiempo no pasa en vano. 2. Es realmente flaca (talla 0 me confesó luego mi amiga). 3. Como me escribió una amiga en este blog, la perfección en estos días se llama Photoshop. La mujer que yo ví no tenía nada que ver con las fotos que luego encontré en internet. Federico al verla dijo con malicia: "Juliette tiene esa apariencia que los paparazzi adoran para luego destruir".
Resolvimos irnos pues si seguíamos viéndola los cuatro, la íbamos a espantar de la tienda de mi amiga y ella no haría ninguna venta. Luciana propuso que fuéramos a un bar, llamado Peep, a media cuadra de allí. Había happy hour y pedimos una ronda de Lychee Mojitos.
Cuando salimos vimos un despliegue de cámaras y un gentío apurruñado en la calle. Mi celular sonó. Era la diseñadora venezolana: ¿Viste a Keira Knightley? En ese instante, Federico comenzó a jalarme el sueter, pero yo, que estaba al teléfono no atiné a hacerle caso. Keiraaaa, escuhé que gritaban. Mientras yo tenía mi teléfono en la oreja, ella me había pasado por un lado y en cuestión de segundos entró a un Merecedes Benz negro y se fue. Nicoleta y Fede la vieron, Luciana la vio en pantalla, y yo sólo atiné a ver a un codo cubierto por un trench coat beige. Me dio rabia, sentí envidia (de la mala) por Fede y Nicoleta, pero luego pensé que una celebridad y un cuarto es mejor que ninguna.
martes, 21 de octubre de 2008
La belleza en mis ojos
lunes, 20 de octubre de 2008
Mi belleza en tus ojos
Quiero verme en tus ojos. Enséñame a verme en tu ojos. En ellos soy bella, capaz y feliz. Quiero verme como sólo tú me ves a mi.
Quiero mirarme con esos ojos castaños cubiertos por pestañas negrísimas y un lunar justo en la esquina del párpado derecho. Esos ojos que me vieron por primera vez hace más o menos 5 años y nunca me han dejado de mirar así.
Enséñame a verme en tus ojos, a los míos no les gusta lo que veo.
Yo veo una masa amorfa. Tú ves un ser hermoso.
Yo veo un rostro redondo. Tú dices que ves una muñeca de porcelana.
Yo veo a una niña perdida. Tú ves a una mujer que está encontrando su camino.
Yo veo a una tipa normal. Tú ves a alguien extraordinario.
Yo veo caos, tu ves posibilidades.
Enséñame a verme en tus ojos. O si no préstame tus ojos. Préstamelos aunque sea por un rato. Estos míos, no se si por lo pequeños que son o por la miopía, no me funcionan para verme a mi. Quiero verme en tus ojos.
Quiero mirarme con esos ojos castaños cubiertos por pestañas negrísimas y un lunar justo en la esquina del párpado derecho. Esos ojos que me vieron por primera vez hace más o menos 5 años y nunca me han dejado de mirar así.
Enséñame a verme en tus ojos, a los míos no les gusta lo que veo.
Yo veo una masa amorfa. Tú ves un ser hermoso.
Yo veo un rostro redondo. Tú dices que ves una muñeca de porcelana.
Yo veo a una niña perdida. Tú ves a una mujer que está encontrando su camino.
Yo veo a una tipa normal. Tú ves a alguien extraordinario.
Yo veo caos, tu ves posibilidades.
Enséñame a verme en tus ojos. O si no préstame tus ojos. Préstamelos aunque sea por un rato. Estos míos, no se si por lo pequeños que son o por la miopía, no me funcionan para verme a mi. Quiero verme en tus ojos.
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