A Leis por sugerirme que descargara mi furia con el teclado. Te quiero, mamis.
Me pregunté que se siente ser Latina y di con la respuesta.
No se siente nada.
Nada de nada, pues la verdad es, que yo no soy latina, yo soy venezolana.
Venezuela está en Latinoamérica al igual que muchos otros países como Colombia, Brasil, Guatemala, Bolivia, que poco tienen que ver los unos con los otros, excepto por el hecho de que comparten continente y hablan el mismo idioma (y esto ni siquiera es una regla porque ya sabemos que en Brasil se habla portugués).
Así que como yo no siento nada de nada, dudo que un bogotano bien empintado o un boliviano de Cochabamba tengan una respuesta para esta pregunta.
Ser Latino, que suena muy lindo, que es una idea bellísima, esa de que somos apasionados, y desordenados e impulsivos, no es más que un invento de estos gringos para poder meternos a todos en la misma bolsa y tal vez evitarse el fastidio que les debe causar aprenderse cada uno de los nombres de nuestros países. Y cuando escribo esto, me viene a la mente el video de Alberto "Is it Qüito or Quito" ( http://www.youtube.com/watch?v=WVU6ulSMjc8).
Entiendo por qué lo hacen pero honestamente, me fastidia cuando mis compañeros de la universidad me preguntan cómo están las cosas en Latinoamérica, o cómo se hace tal cosa u otra en Latinoamérica. Señores, Latinoamérica no es un país, y si quieren saber cómo están las cosas en algún país de Latinoamérica, hagan lo que yo y abran el periódico. No van a obtener una respuesta más cercana de mi parte, porque a exceptuar por algún viajecito a Guatemala, o Colombia, la única realidad que yo me conozco (y a veces me cuesta entenderla) es la venezolana.
Así que no, señor de la oficina de Career Services de mi universidad, no sé cómo es el mundo de las publicaciones en inglés en Latinoamérica porque yo no vivo en Latinoamérica, yo soy solo parte de un país que es parte de un compendio mayor.
Ser Latino es como casi todo en este país, una marca. Es Jennifer López y su culo gigantesco y Penélope Cruz (cuyo país de origen ni siquiera forma parte de Latinoamérica) y sus ojos gigantes, es Eva Longoria y su estampa de sexy mama, es Shakira y su bamboleo de caderas. Y sin contar que Jennifer López y Eva Longoria se criaron en este país y ni siquiera hablan español, aparte del hecho de que todas están buenísimas, no sé si los elementos que hacen latinas a estas mujeres sean los mismo, aunque si estoy segura que para los gringos los son: tres mujeres piernonas, caderonas y tetonas con pintas de buena cama.
Pero quiero ir más allá de la mitificación de ser latino que viene del cine y contar los ejemplos que yo veo todos los días en esta ciudad; en el metro, en las calles, en todas partes. Aquí latino es el hermano de mi amiga dominicana, ese que no habla una sola palabra en español, no porque no sepa, sino porque no quiere, pero cuando prende el radio en su carro suena reggaeton a todo volumen.
Latino es el cura argentino de la iglesia de Mott Haven, modoso y calmado como se supone que son los curas. Latina también es Carolina Herrera, con sus camisas blancas que parecen de cartón de lo perfectas que son, allá en su apartamento rococó en el Upper East Side. Latina es Cynthia, la puertorriqueña que conocí el otro día, que vive en un refugio para personas sin casa sen el South Bronx, con su esposo y tres hijas. Latino es José, el jornalero salvadoreño que viajó a pie desde San Salvador hasta Nueva York, en un recorrido que le tomó un año.
Latina soy yo, sentada aquí en este escritorio en mi estudio en Washington Heights, intentando dejar sangre en estas teclas, porque me molesta, me revienta, me hincha las pelotas (y eso que técnicamente no tengo pelotas) que me metan en un saco que es demasiado pequeño para tanta variedad. Me molesta que no se tomen la molestia de apreciar las diferencias.
Rabia que es justificable pero no totalmente honesta, pues yo también tengo un saco para clasificar a los gringos: que son sosos; que no les importa más nada que su paisito, (si ya sé que es "LA" potencia mundial, pero comparado con lo grande que es el mundo, es un paisito); que no saben dónde queda Venezuela, y no les importa, que no tienen sentido de familia, que son individualistas, que su sentido del humor es tonto. Y aunque casi todo esto puede ser verdad, hay excepciones.
Sería lindo hacer un trato, ¿ o no?
Señores gringos no me pregunten sobre Latinoamérica porque sólo sé lo que leo en los periódicos, no pretendan que mi culo sea igual de grande que el de la López, o que mueva las caderas como Shakira, o que oiga reggeaton todo el día, y yo dejo de pensar que ustedes son todos unos gafos individualistas que sólo comen hamburguesas y papas fritas mientras cenan enfrente del televisor.
Yo dejo mis estereotipos y ustedes dejan los suyos. Creo que es un trato justo. Justo, y hermosamente irreal.
Me pregunté que se siente ser Latina y di con la respuesta.
No se siente nada.
Nada de nada, pues la verdad es, que yo no soy latina, yo soy venezolana.
Venezuela está en Latinoamérica al igual que muchos otros países como Colombia, Brasil, Guatemala, Bolivia, que poco tienen que ver los unos con los otros, excepto por el hecho de que comparten continente y hablan el mismo idioma (y esto ni siquiera es una regla porque ya sabemos que en Brasil se habla portugués).
Así que como yo no siento nada de nada, dudo que un bogotano bien empintado o un boliviano de Cochabamba tengan una respuesta para esta pregunta.
Ser Latino, que suena muy lindo, que es una idea bellísima, esa de que somos apasionados, y desordenados e impulsivos, no es más que un invento de estos gringos para poder meternos a todos en la misma bolsa y tal vez evitarse el fastidio que les debe causar aprenderse cada uno de los nombres de nuestros países. Y cuando escribo esto, me viene a la mente el video de Alberto "Is it Qüito or Quito" ( http://www.youtube.com/watch?v=WVU6ulSMjc8).
Entiendo por qué lo hacen pero honestamente, me fastidia cuando mis compañeros de la universidad me preguntan cómo están las cosas en Latinoamérica, o cómo se hace tal cosa u otra en Latinoamérica. Señores, Latinoamérica no es un país, y si quieren saber cómo están las cosas en algún país de Latinoamérica, hagan lo que yo y abran el periódico. No van a obtener una respuesta más cercana de mi parte, porque a exceptuar por algún viajecito a Guatemala, o Colombia, la única realidad que yo me conozco (y a veces me cuesta entenderla) es la venezolana.
Así que no, señor de la oficina de Career Services de mi universidad, no sé cómo es el mundo de las publicaciones en inglés en Latinoamérica porque yo no vivo en Latinoamérica, yo soy solo parte de un país que es parte de un compendio mayor.
Ser Latino es como casi todo en este país, una marca. Es Jennifer López y su culo gigantesco y Penélope Cruz (cuyo país de origen ni siquiera forma parte de Latinoamérica) y sus ojos gigantes, es Eva Longoria y su estampa de sexy mama, es Shakira y su bamboleo de caderas. Y sin contar que Jennifer López y Eva Longoria se criaron en este país y ni siquiera hablan español, aparte del hecho de que todas están buenísimas, no sé si los elementos que hacen latinas a estas mujeres sean los mismo, aunque si estoy segura que para los gringos los son: tres mujeres piernonas, caderonas y tetonas con pintas de buena cama.
Pero quiero ir más allá de la mitificación de ser latino que viene del cine y contar los ejemplos que yo veo todos los días en esta ciudad; en el metro, en las calles, en todas partes. Aquí latino es el hermano de mi amiga dominicana, ese que no habla una sola palabra en español, no porque no sepa, sino porque no quiere, pero cuando prende el radio en su carro suena reggaeton a todo volumen.
Latino es el cura argentino de la iglesia de Mott Haven, modoso y calmado como se supone que son los curas. Latina también es Carolina Herrera, con sus camisas blancas que parecen de cartón de lo perfectas que son, allá en su apartamento rococó en el Upper East Side. Latina es Cynthia, la puertorriqueña que conocí el otro día, que vive en un refugio para personas sin casa sen el South Bronx, con su esposo y tres hijas. Latino es José, el jornalero salvadoreño que viajó a pie desde San Salvador hasta Nueva York, en un recorrido que le tomó un año.
Latina soy yo, sentada aquí en este escritorio en mi estudio en Washington Heights, intentando dejar sangre en estas teclas, porque me molesta, me revienta, me hincha las pelotas (y eso que técnicamente no tengo pelotas) que me metan en un saco que es demasiado pequeño para tanta variedad. Me molesta que no se tomen la molestia de apreciar las diferencias.
Rabia que es justificable pero no totalmente honesta, pues yo también tengo un saco para clasificar a los gringos: que son sosos; que no les importa más nada que su paisito, (si ya sé que es "LA" potencia mundial, pero comparado con lo grande que es el mundo, es un paisito); que no saben dónde queda Venezuela, y no les importa, que no tienen sentido de familia, que son individualistas, que su sentido del humor es tonto. Y aunque casi todo esto puede ser verdad, hay excepciones.
Sería lindo hacer un trato, ¿ o no?
Señores gringos no me pregunten sobre Latinoamérica porque sólo sé lo que leo en los periódicos, no pretendan que mi culo sea igual de grande que el de la López, o que mueva las caderas como Shakira, o que oiga reggeaton todo el día, y yo dejo de pensar que ustedes son todos unos gafos individualistas que sólo comen hamburguesas y papas fritas mientras cenan enfrente del televisor.
Yo dejo mis estereotipos y ustedes dejan los suyos. Creo que es un trato justo. Justo, y hermosamente irreal.
