A Victoria y a todos aquellos que sí saben querer a Caracas...
Caracas y yo nunca hemos sido realmente amigas. A decir verdad, siempre he envidiado a aquellos que tienen una relación intensa con la ciudad.
Cuando vivía con ella Caracas hablaba y yo no sabía muy bien que decía.
Caracas me daba los buenos días a punta de cornetazos, y de colas interminables vía a la Católica. Caracas me daba los buenos días con amaneceres violeta y naranja que nunca supe apreciar.
Caracas me sacudía, me agarraba por el pescuezo y me lanzaba a la vida. Caracas me enseñaba a atrevesarla completa. A superar obstáculos.
Ir al Silencio era mi peor pesadilla, mi dosis diaria de espasmos escalofríantes... Pero Caracas sólo quiere a quién se la merece.
Caracas no se entristeció cuando me fui, al contrario, la escuché cuando decía "vete, te veré volver llorando a mis pies". Caracas tuvo razón. Tuve que irme para entenderla, tuve que tenerla lejos para querer tenerla cerca. Me convertí en un cliché más... "uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde". Me creía más inteligente.
Caracas me explica cosas ahora que estoy aquí. Caracas me dice que ella es de la única manera que le hemos permitido ser... arrebatada, luchadora, empecinada. Caracas me dice también que todavía no estoy preparada para volver. Caracas me dice de nuevo, que me vaya, que si no me va a volver loca.
-Pero yo te quiero -le digo.
-Yo también -me dice. -Pero nadie dijo que el amor era suficiente.
Caracas me quita su cielo azul. Otra vez.