miércoles, 29 de julio de 2009

Amanecí en Caracas

Después de que el avión aterrizó en Maiquetía, el piloto anunció por el autoparlante que debíamos esperar un rato pues el personal de tierra no estaba. El señor gordo y sudoroso que estaba a mi lado se llevó la mano a la cabeza en señal de resignación y escuché detrés de mi, más de uno que decía con risa agria "cómo se nota que llegamos a Venezuela". Me imaginé que "el personal de tierra" estaría tomándose unas birritas y viendo el juego. Esa espontaneidad del trópico, que fascina cuando se está desacostumbrado a ella, pero agota cuando se convierte en la norma.
Caminé el pasillo largo y blanco que conduce desde la puerta del avión hasta las taquillas de inmigración y escuché como dos mujeres, una joven y otra no tanto, decían que lo que pasaba en el país era triste, trisssste, con acento fonético en la primera sílaba; que había que irse. Irse como yo, pensé. Corrí hasta la última taquilla de inmigración, antes de que la muchedumbre se diese cuenta de que estaba abierta y no había cola, y Rogelio Díaz me pidió que le diera un chance, pues su jefe se había sentado en la computadora a jugar solitario y le había cambiado todo. Demasiada tropicalidad, pensé. Rogelio por fin arregló lo desarreglado y me selló el pasaporte.
Por supuesto que mi maleta fue de las últimas en salir. Después de un año, mi llegada no podía carecer de tensión dramática. Mi mamá me mandaba mensajitos por el Blackberry y me pedía que me acercara al vidrio para verme a lo lejos. Después de 40 minutos salí. Mi querida madre y mi hermano estaban esperando mientras mi padre daba vueltas para no estacionarse.
En el trayecto mi hermano me mostró como la autopista se había convertido en estacionamiento de varios vecinos de los ranchos que están al borde de la vía. "Ese para el carro ahí, en el canal lento todos los días". La tropicalidad nos mata.
En la casa, mi madre me ayudó a vaciar la maleta y arreglar la ropa en mi nuevo closet. Inmediatamente me di cuenta de que mi cuarto aquí es más grande que el 7-d. Costó para que me fuese a la cama. Por fin a la 1 mi padre nos dijo a mi madre y a mi que bastaba, y me fui a mi cuarto. No tenía sueño y me puse a revisar unas cartitas que me escribieron mi amigas Arroceras (debo aclarar que la arroceras somos un grupo de "lectura" en el que hacemos, desde leer el tarot, a beber, todo menos leer libros) en mi despedida de soltera. Adela decía que era una loca. Victoria que admiraba mi letra, Eulalia que le gustaba como carecía de vergüenza. Por eso es que uno guarda viejas correspondencias, para recordarnos cómo nos ven los otros. Me dormí después de leer la última cartita, embojotada en un edredón y sabanas blancas y con el aire acondicionado a mil.
Me desperté sin el sol achicharrante que entra por el 7-d en verano, sin el calor pegajoso que se siente allá porque el aire acondicionado no funciona, y sin mirar los techos de los edificios y el humo de la fábrica que parece no parar nunca. Tardé un segundo en darme cuenta de que estaba en Caracas, en casa de mis padres. No quería pararme de la cama, pero tenía hambre, así que bajé a la cocina. La señora Miriam me abrazó, me dijo que estaba bonita, gordita, que antes estaba muy flaquita, y que tenía cara de niñita. Pronto llegó mi madre que me prohibió volver a mi cuarto a dormir, y mi hermano que salía para la universidad. Desayunamos los tres juntos, casabe con queso de telita y jugo de patilla. Supo mejor de lo que pensé. Dios cuanto lo extrañaba! (al queso, no a mi hermano). Lindo cambio para alguien que desayunaba lo que encontrara en la nevera mientras veía a Regis and Kelly o a Rachel Ray en ABC.

8 comentarios:

A-nah! dijo...

Jajaja... al queso, no a tu hermano... grande. El queso telita, comprado además en el mercadito de Los Palos Grandes es lo mejooooooooor...

¿Viste el metro cable? A mí eso me impresionó, obvio que lleva más de un año ahí de adorno y no funciona, pero es tan bizarro.

Disfruta mucho :)

Terapia de piso dijo...

Y llegaste. Y te quiero. Y lo sabes. Y te lo vuelvo a decir. Y no me importa. Y te quiero. Y llegaste...

Te adoro.

José Roberto Coppola

Anónimo dijo...

Hermana no sabes como te envidio, ojalá y pudiera ir!

Sigue escribiendo para poder irme viviendo a Caracas desde aquí a través de ti!

Te adoro! Mándale besos a todos por allá!.

Charal dijo...

-Esa espontaneidad del trópico, que fascina cuando se está desacostumbrado a ella, pero agota cuando se convierte en la norma...-
Si lo sabre yo! =S

Por que será que rodeados de la familia volvemos a ser lo niños, los consentidos de la casa, los que se mantienen despiertos cuando los demas duermen? ^^ Suerte, y que todo siga fluyendo muy bien, es la primera semana de todo un mes! XDD

P.S.: yo tb tengo una caja con cartitas y recuerdos =)

Victoria dijo...

Bienvenida a tu dosis necesaria de caos, guapa...que la pases divino.

Extranjera dijo...

A-nah: no se que es lo del metro cable. Estoy disfrutando, gracias.
Jose: Y te adoro. Y lo digo.
Hermana: más adelante vendrás. Cuando vaya a Puerto Rico hacemos empanadas.
Charal: es cierto, es que nadi nos consiente como la familia y los amigos.
Victoria: gracias. Está pendiente el café. Ayer vi a Kopiva y Alieska.
Abrazos!

yacasinosoynadie dijo...

que rico volver a la tierrita... así sea de visita... ahora estas más cerquita querida Extranjera... disfruta tu regreso temporal... un abrazo.

Martín Franco dijo...

¡Ay, Extranjera! Me hiciste pensar en mi regreso que, aunque aún le queda tiempo, ya está un poco más cerca. Confieso que he empezado a contar los días. Leyéndote me imagino el momento en que vuelva a poner los pies en mi país y vea de nuevo a la gente que dejé. ¡Qué ganas! Ya estoy cansado de ser un sudaca. Qué buen post.