viernes, 23 de enero de 2009

En el camino al lado del río: La escuelita

La escuelita queda en el camino al lado del río. En una iglesia vieja que nunca fue terminada y que comparte vecindario con edificios viejos y hermosos que sirven de residencia a los estudiantes de la Universidad de Columbia. En la escuelita se aprende hablar inglés, pero es más que eso: se aprende también sobre la vida en este país, cómo hacer un resumé, conseguir trabajo y hasta cómo se deben responder las preguntas en una entrevista.
La escuelita es diferente a todas las escuelas que jamás haya ido en mi vida y su programa es distinto al resto de los institutos de inglés. La escuelita es principalmente un lugar para refugiados, asilados políticos o inmigrantes, con muy poco tiempo en el país, cuyo conocimiento del inglés es entre inexistente y básico. Los cursos avanzados en la escuelita no existen.
Yo no cumplía los requisitos para entrar a La escuelita. El primer día de clases mi profesor, un calvo cuarentón de mal genio, me dijo que mi inglés era muy avanzado para el nivel de la clase y que creía que le iba a hacer daños a mis compañeros. Aún así me dejó entrar.
El curso duró dos meses, todos los días de 9 a 3 de la tarde. El último día de clase, el calvo cuarentón me dijo que haberme dejado entrar fue un error y que yo había sido dañina para la calse. Aún no he decidido si el calvo cuarentón tiene razón o no, en realidad espero que no porque lo que menos quería era causarle daño a mis compañeros, pero sí tengo bien claro mi saldo, absolutamente positivo, luego del paso por La escuelita. Olvidemos el inglés, que sí mejoré, olvidemos el hecho de que adecué mi curriculum a los estándares de este país, olvidemos el hecho de que el calvo cuarentón me corrrigió los ensayos para mis aplicaciones universitarias, y concentremonos únicamente en las personas que compartían el salón conmigo. Sus historias fueron mi verdadera ganancia.
Estaba Jessica, una paisa veinteañera de cabello negro brillante que siempre andaba de buen humor. Llegó a Estados Unidos con visa de turista y luego se convirtió en asilada política. Tanto su padre como su madre fueron asesinados brutalmente, en momentos diferentes. Luego de la muerte de su mamá se mudó a Estados Unidos presa del miedo.
Estaba también Kayla, una haitiana que jamás hablaba, sólo se quedaba sentada en una esquina con sus brazos cruzados sobre las piernas y los ojos bien abiertos. Miraba con furia. Pensé que me odiaba hasta que descubrí la verdadera razón de su rabia. Kayla había crecido en Haití con su hermana mayor y su abuela. Desde pequeña a su hermana se la presentaron como su madre y Kayla creció con esa idea hasta que 20 años después la llamó por teléfono una mujer a decirle que era su madre y que quería que se viniese con ella a Estados Unidos.
Estaba Mali, una iraní de cuarenta y tantos años que había pedido asilo político junto a su familia, pues su esposo, un periodista opositor del régimen, había estado preso por seis años, y aún después de la liberación temía por su vida.
Estaba también Sengei, tibetana de cuarenta y trés años, que intentaba hacerse su vida como enfermera. La expresión de calma de su rostro no develeba la magnitud de su tragedia. Nació en Tibet y vivió ahí hasta hace poco. Escapó junto a su esposo e hijos por las montañas a la India. Cuando los dejó a salvo regresó a Tibet por miedo a que el ejercito Chino matara a su hermano cuando no la encontraran a ella.
Al volver al Tibet, el ejército la llevó a una cárcel de mujeres. Las cicatrices en las rodillas y la cabeza son prueba de las torturas que soportó. Escapó de nuevo, consiguió documentos falsos en la India y solicitó visa como turista. Una vez aquí solicitó asilo político. Está a salvo, pero tiene 10 años sin ver a su familia. Durante la tercera semana de curso apenas habló con su esposo. Sólo sabe que están bien.
Todas estas historias son lo que verdaderamente gané en La escuelita. Las tengo grabadas en la mente y el alma y cada tanto en el día se aparecen para darme ánimo, para entender mi lugar en el mundo, o para recordarme la maldad en los seres humanos. Cuando mi día va mal, cuando estoy deprimida porque estoy lejos de mis padres y amigos, cuando me dan algún no en este país, pienso en Sengei y su entereza, en Mali y su determinación, en Kayla y el valor real de la familia y en Jessica y sus ganas de cambiar su historia y comerse el mundo. Sus historias, a partir de hoy, formarán parte de este blog.

6 comentarios:

alinitaxula dijo...

Mi niña que historias más interesantes¡¡¡¡¡¡¡
Personas que a pesar de la adversidad tienen una fe y sonrisas casi inquebrantables.....
Un abrazo gordo desde mi cachito de Santiago en plena alerta roja con vientos y lluvia que no veas...
Por cierto quiero contar contigo para mi blog en el espacio Nosotras. Te dejo mi mail y te cuento, vale?
besin y buen finde
alinita

(bellita36@hotmail.com)

Terapia de piso dijo...

Y allí te diste cuenta que no te sientes tan extranjera como ellas.

Un abrazote.

José Roberto Coppola

Ana dijo...

La verdad es que la gente de la que estás rodeado hace que la vida valga la pena cuando piensas que nada tiene sentido. Los amigos son un tesoro jeje
Un besito.

Vanesa dijo...

Que increíble que todos los días se presenta la oportunidad de conocer a tanta gente interesante…espero leer mas historias de tu escuelita y de sus personajes…sobre todo el calvo cuarentón…apuesto a que tienes muy buenas historias..;)

Extranjera dijo...

Alinita: sí, esta ciudad está llena de historias interesantes, gente fuerte, admirable.
Terapia: al contrario, me siento tan extranjera como todos ellos. Es más ellos me hacen sentir que no soy extranjera.
Ana: absoultamente de acuerdo. La gente de la que está uno rodeado, a veces sin siquiera ser cercanos, hacen que la vida valga la pena.
Vanessa: sí, las histirias de La escuelita van a seguir y sí posiblemnte también venga el calvo cuarentón. Jajaja.
Besos!

Gastón dijo...

La verdad es que me hacés recordar mis tiempos de facultad.
Tuve, en promedio, cuarenta profes, de los cuales creo que cinco eran los que valían la pena.
Pero las personas que conocí, con las que comparetí los cuatro años de estudio...
Pucha que valieron la pena.

Besos y un gustazo conocerte