domingo, 21 de diciembre de 2008

Mis culpas en una taza. Parte IV

Caminamos por el corredor blanco que une los cuartos hasta una puerta que daba hacia una escalera. No me acuerdo cuántos pisos subimos. Me pareció raro pues había asumido que el 7 era el último. Resultó que no.
En todo el camino sólo dijo cinco palabras, Ten cuidado con los escalones. Me dediqué a estudiarlo. Sus pasos eran firmes pero no toscos, y sus gestos definitivos sin ser autoritarios. Lucía en paz consigo mismo. Pero había algo más: parecía estar en control absoluto de sí mismo, de sus emociones. Hablaba sólo lo necesario, pero siempre en el momento oportuno, y tenía esa mirada cálida. Esa en la que había depositado mi existencia desde el primer día que llegué.
Qué pensaría de mí, me preguntaba. Tenía mi taza, es decir que conocía mis culpas, y tenía en su oficina una carpetita, con mi nombre, que lucía cómo un expediente. Así que posiblemente también sabía mi historia. Mejor. Odio las confesiones.
Llegamos hasta el final de todos los pisos, cruzamos una puerta y salimos a la azotea. Era de noche. No había nadie. ¿Qué haríamos ahí? ¿Este tipo de contacto entre guía-culpable no estaría prohibido? ¿O sería esto parte del tratamiento?
- ¿Quieres saber para qué estamos aquí?
- Supongo- le dije, sin mostrarme muy interesada.
- Es de noche- me respondió.
- Sí- lo noté.
- ¿Sabes qué representa la noche? Es decir, en función a las culpas.
- No- mentí. Claro que sabía y bien que lo sabía. La noche era el momento de las culpas. El momento en que venían a señalarme.
La azotea era vasta. Me acerqué hasta el borde por curiosidad, pero no vi nada. Es decir o no había nada más que ese edificio, o la oscuridad no me dejaba ver.
- Rebeca- Era la primera vez que decía mi nombre.
- Vamos a hacer las cosas diferentes esta vez. Quiero que tu escojas una culpa, esa que te persigue por la noche y me describas cómo te hace sentir.
Me dijo que caminara alrededor de la terraza y pensara. No me dijo que pusiera la mente en blanco, supongo que tiene suficiente experiencia cómo para saber que eso no es posible. Por lo menos no en mi caso. No quería pensar. Quería saber. Saber de él. ¿Desde cuándo estaba ahí? ¿Por qué había tanta calma en él? ¿Podría yo llegar a ser así?
No había estrellas esa noche. El paisaje desde ahí era aburrido. Sólo oscuridad. O vacío. O oscuridad y vacío. Venteaba pero no hacía frío. Me concentré en respirar como me había indicado Lucas. Mis pasos eran lentos. Y mis pensamientos seguían ese ritmo.
Como si no pudiese evitarlo los recuerdos de mi cumpleaños 30 comenzaron a llegar a mi mente como tacos de lego que esperan ser armados. Nicolás me había pedido que llegara a la casa temprano para que celebráramos. Los últimos meses habían sido difíciles. Me había escurrido de nuestra situación y había hecho lo que él predijo que haría: me refugié en otra cama. Nicolás me había perdonado. Yo no.
El día de mi cumpleaños salí del trabajo temprano. No tenía ganas de ir a la casa. Me fui al Parque Los Chorros. Desde hace un tiempo se había convertido en mi refugio personal. La humedad, la soledad, el agua que caía de la cascada, los pies remojados en la orilla. No resistí. Lo llamé. A mi refugio. Tal como Nicolás predijo que haría. Me quedé con él sentada en un banco, hasta muy tarde. Creo que cuando salí del parque ya había cerrado.
Llegué a la casa y Nicolás estaba sentado en el sofá esperándome. La celebración se había convertido en una despedida. Al lado de la botella de vino, las dos copas y mi regalo estaban sus maletas.
- Rebeca no puedo seguir haciéndome daño- y se fue.
Me acerqué al regalo. La caja era grande y liviana. Levanté la tapa y los globos comenzaron a salir. Se pegaron del techo. Estaban llenos de helio. Amo los globos de helio. Salté hasta alcanzar uno, lo pinché. Una carta. Pinché otro. Bombones. Pinché otro. Dos pasajes, un viaje a la Argetina que teníamos planeado desde hace tiempo. Y así hasta llegar al número 30 descubrí todos los planes que Nicolás tenía y que esa noche yo había destruido. Lloré.
La mano de Lucas sobre mis hombros me sacó de mis pensamientos.
- Cuéntame.
- Hice daño.
- ¿Querías hacerlo?- me preguntó.
- No a propósito. Sólo quería deshacerme del dolor.
- Causar dolor no hace que te deshagas del dolor, aunque lo parezca. Sólo hace que te produzcas más dolor. ¿Qué más?
- Acabé con cuatro años de historia. Acabé con el futuro que me había planteado.
- Quizás ese no era el futuro que querías- me dijo.
- Quizás.
- Ahora quiero que te vayas a la cama y te lleves ese pensamiento contigo. No de una forma tímida, sino adrede. Piensa en él hasta que ya no tengas más que decirte. Te veo mañana a las 7.
- Tengo frío- dije. Quería ser un cachorro.
- Ya nos vamos. Rebeca, quiero ayudarte.
- ¿Por qué?
- Sólo quiero ayudarte. Hay muchos caminos.
- ¿Por qué te importa?
No contestó. Obvio. Tuvo su mano en mi hombro durante todo el recorrido de regreso. Los pisos infinitos que subimos, ahora los bajábamos. Llegamos. El corredor blanco. La puerta del 777.
- Lucas, no te vayas- las palabras salieron de mi boca sin pasar por mi cabeza. Me dio vergüenza.
- Buenas noches Rebeca. Descansa- y cerró la puerta. Me quedé con el sonido de mi nombre en sus labios. Sonaba distinto. Sonaba a otra.
Me acurruqué en una esquina de la cama y lloré hasta quedarme dormida.

8 comentarios:

fernando dijo...

REsulta un placer leerte, me enganchas a tus palabras.

besos.

Galán de Barrio dijo...

qué buena historia nos estás regalando!

llegará rebeca a limpiar todas sus culpas?

María dijo...

No leí las partes anteriores. me encanché como de costumbre, leyendo de atrás para adelante.

Me impactó la historia, sobre todo, cuando escribís lo de los globos. Pude imainar la situación.

Escribís maravillosamente!! Sos atrapante.

¿Es ficción? Pregunta que seguramente omitiría de haber leído los anteriores post.

Gracias por visitarme, ojalá tengas deseos de volver.

Beso!

C@rol dijo...

Hola extranjera!... demasiado buena la historia. Me encanta como escribes.Bien por Rebeca que cuenta con LUCAS que esta dispuestisimo a ayudarla.

Espero lo continuacion con ansias!.

Saludos!... *B-)

El Jardinero del Kaos dijo...

muy bueno, no es comun encotrar buena ficcion por el mundo del blog!!!

Alguna fascinacion con el 7???

A l o n d r a . . . dijo...

.

Hola!

Culpas, culpas y culpas...
Sabes? últimamente un hombrecito se ha encargado de refregarme en la cara las mias! consecuencias de errores que cometí cuando solo era un niña.

En fin, tu historia es interesante! Me agrado!...

Saludos y eres bienvenida en mi blog.


Besos.

.

Gustvao dijo...

Sigo enganchado. Me gusta esta historia. De alguna forma me recuerda a G. Orwell.

Saludos

Extranjera dijo...

Fernando: gracias, que lindo lo que me dices.
Galán: no lo sé todavía.
María: Hola, sí es ficción. Que bueno que te gusta la historia.
Carol: sí, parece que Lucas la quiere ayudar, ya veremos...
Jardinero: que lindo, gracias. Sí, me encanta el 7, no sé porqué, además siempre esta como presente en mi vida.
Alondra: que fastidio que le recuerden a uno sus culpas como si con la conciencia no bastara.
Gustavo: guaoooo. Gracias por la comparación. Que bueno que te sigue gustando.
Saludos!