miércoles, 17 de septiembre de 2008

Adiós Cielito lindo!

Lo bautizé Cielito apenas lo ví en el garaje de mi casa. Pensé que ese nombre iba prefecto con su su color celeste y su tamaño reducido. El primer encuentro entre Cielito y yo fue un tanto forzado. Yo todavía estaba triste porque ya Pepe Grillo, el verde del 96, no me llevaría más a ningún lado. Después de una relación de 10 años (la más larga que haya tenido yo con cualquiera) tuve que dejarlo ir antes de que él me siguiera dejando botada en todos lados.
Lo primero que sentí cuando agarré el volante del Yaris celeste de 2006 era que era suave, y no tenía que empujarlo con todas mis fuerzas como Pepe Grillo, mi primer carro, un Nissan Sentra que vivió conmigo momentos importantes: la caravana de graduación del colegio, el primer viaje a la playa manejando, el primer día de universidad, el último día de universidad, el despecho más importante de mi vida, el primer día de trabajo en El Nacional.
La suvidad de Cielito me cautivó y empezamos una relación amor-amor casi enseguida. Era cómodo, cabía en todos lados, era bonito, iba perfectamente con mi personalidad y lo más importante, lo había conseguido, pues bien se sabe que comprar un carro en Caracas es una odisea, que en este caso implicó repetidas llamadas a la gerente de toyota, visitas repentinas, chocolaticos en la tarde.
Ponerle nombre a los carros responde a una costumbre que tengo con todos lo objetos importantes de mi vida, es como si al bautizarlos fuesen más míos, o dejasen de ser un ente inanimado para convertirse en una pieza fundamental de mi vida. Así mi primer carro se llamó Pepe Grillo porque era verde, al primer auto de Licantro le puse Coquito porque era rojo y pequeño, a mi primera laptop la llamé La Baby, no sé por qué pues es un mamotreto de 17 pulgadas que de bebé no tiene nada, a una planta que me regaló una amiga para que me alegrara la oficina le puse Petunia (luego murió ahogada la pobre) y hasta tuve una férula por seis meses, en los días en que sufría de Tunel Carpiano, a la que le puse Elizabeth. Sí, ya sé que es un tanto raro, que puede ser una muestra de inmadurez, o más preocupante aún, de infantilismo, pero a mi la costumbre no se me quita, el 7-D de Caracas se llamaba Apartamentín y el de aquí se llama 7-D, tanto que cuando mis amigas caraqueñas o mi familia quiere preguntar por el apartamento dicen "¿Cómo está el 7-D?"
Cuando estaba en Washington el novio de Coral dijo algo que me hizo sentir mejor, no porque creyese que fuese cierto sino porque demostraba que yo no era la única. Según él, las mujeres le ponen nombre a todo, pues es parte de su instinto maternal. Yo no bautizé a Cielito por eso, pero si sé que lo hice como para declarar una relación que a partir de ese momento sería importantísima. Licantro, mi familia y mis amigos se acostumbraron a llamarlo Cielito, y pronto no era "vamos en tu carro", sino "nos vamos en Cielito". Bueno dicen que a los locos hay que seguirles la corriente; tal vez lo hicieron por eso.
Cielito me acompañó durante buena parte de mi vida profesional en Caracas, me llevó a las entrevistas, a los cocteles, a las ruedas de prensa. Fue testigo de los años de noviazgo más decisivos entre Licantro y yo, de los paseos repentinos que cada cierto tiempo a mi y a Sofía nos daba por hacer. Fue el primero que se estacionó en el 7-D de Caracas, el primer hogar con Licantro. Cielito, también acogió buena parte de mi vida: los libros que leía, los chales que dejaba olvidados, el estuche de maquillaje, los tupper ware de comida, las botellas de agua, varios pares de zapatos, más de una cartera. Cuando algo no aprecía en ningún lado lo más seguro es que estuviese en Cielito.
Cuando me vine a Nueva York no me despedí de Cielito, ni le tomé una foto. No. Yo regresaría en un par de años y Cielito seguiría allí pues como no necesitaba el dinero no había necesidad de venderlo. Al menos ese era el plan. El plan cambió hace tres semanas, cuando mi adorado padre me llamó un domingo en la madrugada (madrugada para mí, media tarde para él) y me dijo que el dólar estaba en 4.000, que iba a subir más, que no esperara por Cadivi y los dólares de estudiante, que lo mejor, lo más lógico, era vender a Cielito. Yo que confío en mi padre ciegamente pues es la persona más razonable que conozco, le dije "que más, véndelo".
Una semana después mi querida madre me aununció que Cielito tenía comprador. Le dije que por favor le dijera al nuevo dueño que el Toyota Yaris azul que estaba comprando se llamaba Cielito. No creo que lo haya hecho. Lo que sí hizo fue enviarme una foto de los nuevos propietarios de Cielito, ahora supongo Yaris azul celeste del 2006. No le vi la cara a los compradores, pero sí noté, cómo no, que estaban en una Hummer. Acto seguido, llamada.
- Mamá como se te ocurre venderle Cielito a un tipo con una Hummer, yo odio las Hummers, y me parece que alguien que tenga un carro tan grande, tosco y vulgar no es digno de un carrito tan chiquito como Cielito.
Mi madre querida me explicó que el Hummer era de un primo del nuevo dueño. Que me quedara tranquila. Que igual Cielito ya no era mío pero que la plata sí lo era. Fue un buen negocio, de eso si no hay duda, ahora que el dólar está en 5.000 y mi padre compró a 4.000 es obvio que lo fue.
Eso por supuesto no me quita la nostalgia, no borra el hecho definitivo y apullante de que tengo algo menos en Caracas, que posiblemente poco a poco, mis cosas, mis relaciones, empezarán a irse, se irán difuminando, así como mi vida ahí. ¿Qué estoy siendo demasiado dramática? Posiblemente, pero así soy, y no dejo de pensar que Cielito representa otro adiós, además del que le dije a mi familia, a mis amigos, a mi trabajo, a mi caótica vida caraqueña. Un adiós más en la larga serie de adioses que de ahora en adelante vendrán. O no.

6 comentarios:

Dani dijo...

ahhh!!! Voy a llorar por cielito. Pero no te preocupes, cuando regreses seguro te compras uno que te guste más.

No creo que sean despedidas, sólo replanteamientos de las relaciones.

Te quiero un montón, yo también voy a extrañar a cielito... tranqui cuando regreses yo te sacaré a pasear en el mio y no te regañaré sino bajas el seguro, jajajajajaja

Extranjera dijo...

Y qué nombre le vas poner al tuyo?

Olga dijo...

Tranquila que no eres la única con la manía de nombrar las cosas. Y no sólo es de las mujeres debo dejar claro, tengo al menos tres amigos a los que he descubierto en esos menesteres. Es difícil despedirse de los carros, uno les agarra cariño. Yo nunca me voy a olvidar de mi primer carro, el Negro, un toyota que me acompañó a la USB durante unos cuantos años...

María Alejandra dijo...

No vale, tranquila... te puedo decir, en mi oficina tengo dos plantas una se llama Catalina y la otra Leonor, mi primer carro se llamo el pimentón (porque era verde), mi nuevo carro se llama gracias a nanin Baguira (como el puma de Libro de la Selva).
Tenia un bambú de la suerte que se llamaba Lucrecia.. se murió.
Mi compu se llama Lucia, mi celular se llama "el topo" pues siempre esta enterrado en la cartera.... y así otras tantas cosas que para mi tienen nombre y personalidad..
Tranquila que si estas loca, yo compartiré el sanatorio contigo.

Extranjera dijo...

Jajaja Olga y María Alejandra que éxito que no sea la única qu enombro las cosas. Estoy más tranquila.
1. Olga: ay si duele despedirse de los carros!
2. Mariale: ¿por qué se murió el bambu? A mi se me murió un palo de la felicidad.

María Alejandra dijo...

Hay 2 versiones:
1.- La mística: proclamada por mi mami, se murió porque había unas malas influencias en el ambiente y el pobre lucre se sacrifico y las elimino.
2.- La científica: La lucre siempre había estado en aire acondicionado, en mi viejo trabajo. Cuando renuncie la lleve a mi casa y claro el ambiente es más caluroso y se seco.