jueves, 25 de septiembre de 2008

Las llaves de la señora Teresa

Nacho una vez dijo que en algún idioma McDonald significaba baños limpios. La frase se me quedó grabada y desde ese día cada vez que estoy en la calle y necesito ir al baño busco la eme escandalosa y amarilla para solucionar mi problema. Lo hacía cuando andaba en Caracas aunque era complicado pues debía encontrar un puesto, estacionarme (lo cual suele tomarme mucho tiempo), guardar el perolero en la cartera, acordarme de apagar las luces y de no dejar la llaves pegadas, pero ahora en Nueva York cada vez que veo un McDonald entro al baño, tenga o no tenga que ir. No se en cuantas cuadras me encontraré el próximo y yo tomo mucha agua y aquí hace mucho frío.
El martes pasado acompañé a Penélope en una misión periodistica. Ella, que es reportera como yo, andaba en la investigación de un asesinato y debía ir a Brooklyn a una zona que no conocía y que quedaba muy lejos. Como no quería ir sóla por si se le hacía de noche (cosa que pasó) me pidió que la acompañara. Nos encontramos en la estación, salimos del metro y comenzamos a andar. Las dos nos moríamos de ganas por ir al baño. Entramos al McDonald, y éste resultó ser de uno de esos que por pequeño sólo tiene un baño que suele estar cerrado. Nos encontramos a una señora uniformada, con cara de dolor y fastidio, la espalda encorvada, el cabello enredado en una cola y le preguntamos por la llave.
- Ya la busco niña, dijo en español.
Al rato regresó con un manojo de llaves, escogió una y abrió la puerta. Penélope fue primero, mientras yo la esperaba aguantando su gigantesca cartera. Me quedé recostada de la pared. La señora uniformada con cara de dolor y fastidio me habló. Se llamaba Teresa y tenía 63 años.
- Hablan español. ¿De dónde son?
- Venezolanas y ¿usted?, le contesté.
- Nicaragüense ¿Viven aquí o están de vacaciones?
- Vivimos aquí.
- ¿Desde hace mucho?, repreguntó.
- Ella desde hace un año, yo desde hace dos meses.
- Al fin conozco algún inmigrante con poco tiempo aquí. Todos se quedan. No sé por qué. A mi esto no me gusta. Es diferente. Diferente malo. Hace frío. La gente es fría, rara. ¿A usted le gusta?, quiso saber.
- Sí, le dije un poco apenada. No le confesé que en realidad me fascinaba. No quería hacerla sentir mal.
Me dijo que se quería devolver. Que se vino porque sus hijos y sus nietos viven aquí y a ella le salió la residencia, pero que creía que no iba a poder aguantar mucho más. Quise saber si la razón era el trabajo, imaginé que un empleo como ese debe ser bien malagradecido. Me dijo que en parte, que en Nicaragüa era costurera pero que aquí no tenía a quien coserle ni a quien cobrarle. Cuando hablaba su voz sonaba fañosa, como si tuviese un resfriado o una gripe mal curada.
- Debe ser el frío, dijo.
Se le acercó un señor de cabello canoso y le entregó una bolsa plástica con un medicamento dentro. Cuando el caballero se fue, Teresa sacó la caja y me preguntó que cómo se usaba. Eran una gotas de Afrin. Leí las instrucciones y le dije que debía colocarse dos gotas en cada fosa nasal cada 8 o 10 horas. Que eso aliviaba el resfriado, la gripe, la congestión y la fiebre. Me dio las gracias sin demasiado entusiamo. Aunque era amable ninguna actitud o expresión en ella denotaba genuina alegría.
Penélope salió del baño y luego de que yo también fui nos sentamos a comernos unas papitas y nos marchamos.
- Ánimos, le dije, y me sentí avergonazada de lo patético que podían sonar mis hurras en ese momento, frente a la puerta del baño de un McDonald mientras ella, enferma por el resfriado, sostenía un coleto en su mano.
Penélope y yo, llegamos al lugar que buscábamos y ella hizo su misión periódistica. Después de varias horas, consiguió a quien desde hace días deseaba encontrar y lo entrevistó en una acera, mientras la pobre se las arreglaba para escribir en la mini libreta que ahora le ha dado por usar. Yo me limité a tomar fotos, y hacer alguna que otra pregunta para ayudarla. Cuando caminamos de regreso a la estación eran pasada las 8:00 y todavía nos esperaba un camino largo.
Entramos de nuevo al McDonald e imaginé que Teresa no estaría. Estaba. La busqué y le pedí las llaves.
- Oiga que pena, pero necesito ir otra vez, le dije.
- Claro niña, repitió. Sacó su manojo de llaves, tomó la del baño de mujeres y me abrió la puerta.
Nunca supe para que eran las otras llaves, creo que no tenía demasiada importancia. Tampoco le pregunté por qué sus hijos no la ayudaban económicamente y ella dejaba el trabajo, ni si en realidad se iba a regresar o sus palabras eran producto de un mal día. Me quedé con ganas de invitarle un café, pero supuse que no la dejarían, así que salí del baño, le di las gracias y le dije adiós.
-Adiós niña. Se me cuida, contestó.

4 comentarios:

Corina Contaris T. dijo...

¡gran dio so!

Extranjera dijo...

Que bella, gracias Corina. Yo también disfruto mucho leyéndote.
Besos!

Martín Franco dijo...

Me gustó esta historia. No sé, es como mil historias en una: decenas, cientos de latinoamericanos que se van detrás del American Dream. Triste que apenas se den cuenta que es una farsa cuando ya están allá.

Extranjera dijo...

Hola Martín gracias por leerme y comentarme. Sí, tristemente me he econtrado con muchas historias de ese tipo por aquí, me imagino que te ocurrirá lo mismo a tí en España. Lo bueno es que también hay otras historias, de gente que se va de su país sabiendo cómo es la realidad y se sorprende con todas las cosas postivas que le ocurren. Afortunadamente, yo, por el momento, estoy en ese grupo (lo que no quiere decir que no me pueda pasar al otro.
Por cierto en esta semana estuve en un evento con tu presidente saludos