martes, 30 de septiembre de 2008
De paseo con mi vecina
Yo había hecho una cita con Cherry, la venezolana con la que Virginia me había puesto en contacto, para conversar un rato en el stand de la marca de perfumes que representa. Hablé con Cherry unos 10 minutos y al rato me preguntó, ¿Virginia sabe que estás aquí? Virginia no sabía, pues había intentado llamarla (sí, tengo su celular) pero me había caído la contestadora y no se si había escuchado el mensaje. Cherry se fue a las oficinas a buscarla. A los 10 minutos regresó con ella.
Vestía una falda negra tres cuartos con pinzas en la cintura, una camisa verde agua manga larga, un trench coat camel, llevaba medias de malla y unos botines negros súper cool. Tenía una cola de caballo y lucía una nueva pollina muy favorecedora. Se alegró de que estuviese ahí y me propuso que uno de estos días trabajara como vendedora freelance, que me ganaría 30 dólares por hora y podría trabajar en un día hasta 8 horas. Magnífico, a la plata extra nunca se le dice que no. Me preguntó si sabía de ventas y le dije que no pero que me gustaba hablar con la gente. Dijo que era suficiente y que además tenía el look. No sé que quiso decir pero me gustó. Se oyó a piropo.
Andaba de salida. Cherry nos dijo "váyanse juntas". Me pareció una idea estupenda. Virginia me preguntó si me molestaba pasar por H&M antes. ¿Qué si me importa? Mejor preguntarle a un muerto si quiere misa. Por supuesto que no me importa ir a H&M, mucho menos con ella. Mucho menos ahora que tengo la misión de conocerla y ayudarla con su tristeza. Aunque la verdad sea dicha, hoy no lucía triste. Más bien reía cada rato.
Salimos de la H&M de la Quinta Avenida (ella devolvió unas cosas y yo sólo miré; nadie compró) y tomamos el autobús. Me contó que su familia seguía en Hungría, que su madre y su hermana eran periodisas, y que esta última recién había publicado un libro. Me contó que vendrían a finales de octubre junto a su padre, quien nunca había venido pues se había negado a viajar a un país que le pidiese Visa. Me dijo que aunque ella tenía la ciudadanía nunca se sentiría estadounidense pues ella era húngara. Con mucha delicadeza intenté averiguar sobre su marido, o ex marido, pero sólo me dijo que era de California. Luego me dijo que ella había vivido allí. Supongo que fue ahí donde se conocieron.
Ella estudió diseño de modas luego de trabajar en Hungría como modelo en la empresa de una amiga de su mamá. "Me empecé a poner así (abrió sus manos en señal de dimensión a la altura de las caderas) y supe que eso no era para mí, pero tampoco me importó". Nunca llegó a trabajar como diseñadora pues al graduarse, en algún instituto en Estados Unidos del que olvidé preguntarle el nombre, empezó a trabajar en ventas. "Ahora es muy tarde para cambiar de campo", dijo. Y tal vez es paranoía mía, pero recordé cuando me habló con fastidio de la crisis vocacional de su marido. Le dije que con razón vestía tan bien, y me dijo que le gustaba la moda. Algo que tenemos en común, le dije. Pensé que eso no era lo único pero no se lo dije: Virginia es una extranjera, como yo.
Tomamos la línea A en Colombus Circus. Mientras bajábamos las escaleras de la estación me contó que le encantaba Nueva York por la cultura, la cantidad de cosas que hay que hacer, y porque le gusta caminar sus calles. Cuando llegamos a la pasarela me dijo que camináramos hacia el frente del vagón, "vamos deja la flojera", bromeó. Bien, pensé, está contenta.
El vagón estaba full y volvimos a compartir un tubo, como aquella mañana en que íbamos apuradas. Hablamos principalmente de hombres. Bueno, hablé yo. Ella escuchó y rió. Le causó gracia que le confesara que mis dos rebeldías de adolescentes habían sido el alcohol y los hombres. Con el primero no sabía medirme, y con el segundo escogía siempre al equivocado. Hablamos sobre los hombres artistas. Dijo que había tenido uno así, yo le dije que en alguna época tuve un noviecito músico que me rompió el corazón. "Ay los artitas creen que son los únicos sensibles, y eso es una coraza para ocultar su inmadurez y el hecho de que no quieren crecer", explicó. Las dos concluimos que ese tipo de hombres no eran husband material.
Al contrario de la mayoría de las veces, hoy no quería que el tren llegara. Como cuando queremos que nos agarre el semáforo rojo para llamar por celular o para pintarnos los labios. Yo quería un semáforo para saber más de Virginia. Lamentablemente hoy el A estaba expres y en 15 minutos estábamos en la 184. Salimos de la estación y ella exclamó "aire, me gusta el aire de esta zona, es más fresca, más pura". Coincidí.
Llamé el ascensor mientras ella revisaba su buzón de correo (no tenía nada). Nos montamos y en menos de dos minutos llegamos al 7. Al salir me dió las gracias por acompañarla y yo le dije que había disfrutado mucho la conversación. Tuve ganas de invitarla a tomarse una copa de vino, pero recorde que no bebía y que estaba cansada. Así que no me atreví. Le dije que un día debíamos reunirnos y asintió sin demasiada emoción. No me lo tomé personal, pues acto seguido me dijo "no dudes en contactarme cualquier cosa que necesites". Bonito. Mi vecina y yo nos estamos volviendo amigas.
domingo, 28 de septiembre de 2008
Esta película me la conozco!
sábado, 27 de septiembre de 2008
Una mano izquierda para Brooke
El doctor le dió la noticia hace algunos meses. Le dijo a Brooke que la caída que había tenido y el golpe que se había dado en el brazo izquierdo habían terminado en un codo de tenista y le advirtió que no podría usar ese brazo por un tiempo. Ella salió del médico desconsolada, directo a la universidad creyendo que no le quedaría otra que retirar el semestre y aplazar su sueño de convertirse en diseñadora de modas. Afortundamente, se sorprendió cuando en la escuela le dijeron que no se preocupara, que ellos le encontrarían una mano izquierda.
Ella llamó a su amigo de toda la vida Mark y este se burló diciéndole que era la idea más estúpida que había escuchado en mucho tiempo. Brooke le dio la razón y lloró aún más pues aunque la universidad de verdad le quisiera buscar una mano izquierda, no imaginaba que alguien pudiese aceptarlo. Se equivocaba.
Más tarde la llamaron y le dijeron que habían contratado a una estudiante para que hiciera todo lo que ella no pudiese hacer con el brazo izquierdo. Así, Megan cursó un semestre que no era el de ella, asistió a todas las clases, firmó la lista de asistencia, hasta tenía un pupitre junto al de Brooke. Los compañeros de clase la llamaban "Brooke's left hand" (la mano izquierda de Brooke).
Brooke terminó su semestre con un promedio muy cercano al 4 (la máxima nota por aquí). Ahora vuelve a su país natal para hacer la fisioterapia que debería curarla y Megan llora porque se va sentir sóla. Brooke le dijo que no se preocupara que ella volvía en unos meses.
Brooke cuenta la historia de su mano izquierda entre risas pero le hace saber a los oyentes que no es tan cómico como se escucha. "Cada vez que quería usar mi mano izquierda tenía que llamar a Megan". La tristeza que siente, supongo, es producto de una certeza que a algunos nos llega más tarde que a otros: no somos autosuficientes, no importa cuánto intentemos serlo, no lo lograremos. Nadie se basta a sí mismo. Lo sabe ahora ella, y lo sabe también Megan, la mano izquierda, que ahora sola en Los Ángeles extraña ser parte de Brooke.
viernes, 26 de septiembre de 2008
Un pequeño lector en la ventana
Me pregunto cómo cabía en ese filo tan pequeño, pues días después pasé por el mismo lugar y me di cuenta de que no tendría más de 50 cm de ancho. Me pregunto cómo estaba tan cómodo en un lugar tan estrecho. Quizás no lo estaba, pero definitivamente no le importaba. Tal vez esperaba a que lo vinieran a recoger, pero era el único en esa maraña de voces infantiles chillonas que estaba en lo suyo, sin importarle más nadie. Ni yo, que me paré justo enfrente y le tomé una foto con mi Blackberry.
Me gustan los niños lectores, tal vez, porque yo intenté ser una pero me interesaban más las Barbies. Me gusta la gente que se aisla del mundo cuando lee, tal vez, porque yo desgraciadamente soy incapaz o estoy incapacitada, que se parecen pero no son lo mismo, para aislarme del mundo. Me gusta este niño lector bonito, flaquito y pequeño sentado en el filo de la ventana, al margen del mundo.
jueves, 25 de septiembre de 2008
Las llaves de la señora Teresa
El martes pasado acompañé a Penélope en una misión periodistica. Ella, que es reportera como yo, andaba en la investigación de un asesinato y debía ir a Brooklyn a una zona que no conocía y que quedaba muy lejos. Como no quería ir sóla por si se le hacía de noche (cosa que pasó) me pidió que la acompañara. Nos encontramos en la estación, salimos del metro y comenzamos a andar. Las dos nos moríamos de ganas por ir al baño. Entramos al McDonald, y éste resultó ser de uno de esos que por pequeño sólo tiene un baño que suele estar cerrado. Nos encontramos a una señora uniformada, con cara de dolor y fastidio, la espalda encorvada, el cabello enredado en una cola y le preguntamos por la llave.
- Ya la busco niña, dijo en español.
Al rato regresó con un manojo de llaves, escogió una y abrió la puerta. Penélope fue primero, mientras yo la esperaba aguantando su gigantesca cartera. Me quedé recostada de la pared. La señora uniformada con cara de dolor y fastidio me habló. Se llamaba Teresa y tenía 63 años.
- Hablan español. ¿De dónde son?
- Venezolanas y ¿usted?, le contesté.
- Nicaragüense ¿Viven aquí o están de vacaciones?
- Vivimos aquí.
- ¿Desde hace mucho?, repreguntó.
- Ella desde hace un año, yo desde hace dos meses.
- Al fin conozco algún inmigrante con poco tiempo aquí. Todos se quedan. No sé por qué. A mi esto no me gusta. Es diferente. Diferente malo. Hace frío. La gente es fría, rara. ¿A usted le gusta?, quiso saber.
- Sí, le dije un poco apenada. No le confesé que en realidad me fascinaba. No quería hacerla sentir mal.
Me dijo que se quería devolver. Que se vino porque sus hijos y sus nietos viven aquí y a ella le salió la residencia, pero que creía que no iba a poder aguantar mucho más. Quise saber si la razón era el trabajo, imaginé que un empleo como ese debe ser bien malagradecido. Me dijo que en parte, que en Nicaragüa era costurera pero que aquí no tenía a quien coserle ni a quien cobrarle. Cuando hablaba su voz sonaba fañosa, como si tuviese un resfriado o una gripe mal curada.
- Debe ser el frío, dijo.
Se le acercó un señor de cabello canoso y le entregó una bolsa plástica con un medicamento dentro. Cuando el caballero se fue, Teresa sacó la caja y me preguntó que cómo se usaba. Eran una gotas de Afrin. Leí las instrucciones y le dije que debía colocarse dos gotas en cada fosa nasal cada 8 o 10 horas. Que eso aliviaba el resfriado, la gripe, la congestión y la fiebre. Me dio las gracias sin demasiado entusiamo. Aunque era amable ninguna actitud o expresión en ella denotaba genuina alegría.
Penélope salió del baño y luego de que yo también fui nos sentamos a comernos unas papitas y nos marchamos.
- Ánimos, le dije, y me sentí avergonazada de lo patético que podían sonar mis hurras en ese momento, frente a la puerta del baño de un McDonald mientras ella, enferma por el resfriado, sostenía un coleto en su mano.
Penélope y yo, llegamos al lugar que buscábamos y ella hizo su misión periódistica. Después de varias horas, consiguió a quien desde hace días deseaba encontrar y lo entrevistó en una acera, mientras la pobre se las arreglaba para escribir en la mini libreta que ahora le ha dado por usar. Yo me limité a tomar fotos, y hacer alguna que otra pregunta para ayudarla. Cuando caminamos de regreso a la estación eran pasada las 8:00 y todavía nos esperaba un camino largo.
Entramos de nuevo al McDonald e imaginé que Teresa no estaría. Estaba. La busqué y le pedí las llaves.
- Oiga que pena, pero necesito ir otra vez, le dije.
- Claro niña, repitió. Sacó su manojo de llaves, tomó la del baño de mujeres y me abrió la puerta.
Nunca supe para que eran las otras llaves, creo que no tenía demasiada importancia. Tampoco le pregunté por qué sus hijos no la ayudaban económicamente y ella dejaba el trabajo, ni si en realidad se iba a regresar o sus palabras eran producto de un mal día. Me quedé con ganas de invitarle un café, pero supuse que no la dejarían, así que salí del baño, le di las gracias y le dije adiós.
-Adiós niña. Se me cuida, contestó.
martes, 23 de septiembre de 2008
Dime a quién me parezco y te diré que estás equivocado




Si me pongo a ver con atención las fotografías de estas mujeres puedo reconocer que no son feas. Son, digamos, diferentes, bellas de una manera no obvia. Interesantes, inteligentes, con cierta fuerza en su mirada y exitosas. Debería sentirme honrada o al menos contenta de que me digan que me parezco a ellas pero no. Yo quiero ser divina no bonita. Quiero ser groseramente hermosa no interesante. Quiero ser bella, no linda. Quiero ser una bomba sexy.
domingo, 21 de septiembre de 2008
Lugares inesperados
Nos alojamos en una posada, hostal, de paredes blancas y arquitectura típica de las zonas montañosas en Estados Unidos. Digo yo: de maderita, con escaloncitos en la puerta principal, una sillas en el patio. Justo enfrente quedaba un bar, que luego averigué era de la misma posada, en la que tuvimos una cata de vino el sábado. Allí comenzé a hablar con una señora gorda de cabello gris, que resultó ser la madre del dueño. Nos preguntó de dónde veníamos y le contamos que éramos de Venezuela y vivíamos en Nueva York, le resultó curioso que dos venezolanos estuvieran allí en el medio de un pueblo sin demasiados turistas celebrando su aniversario de bodas. Su reflexión me hizo pensar en los lugares algunas veces minúsculos, inesperados y otras veces absurdos a los que, por una u otra razón, he llegado.
De hecho, si a ver vamos, Nueva York, nunca estuvo en mis planes. Pensamos en Chicago, Washington DC, Los Ángeles, Muncie, Indiana. Hasta mi natal Oklahoma, un lugar donde solo hay petróleo y tornados, estuvo contemplada. Nueva York, simplemente sucedió. A Licantro le anunciaron que se había ganado la beca ahí y yo conseguí un trabajo, y así llegué al lugar donde estoy segura debo estar. Si no hubiese llegado aquí, muy posiblemente no hubiese conocido Catskill, ni hubiese comprado junto a Licantro en una tienda de antigüedades una serie de cuatro caballitos que ahora posan sobre mi mueble gavetero.
Antes de los cuatro años, viví al menos en cuatro países: Estados Unidos, Holanda, Suiza, Inglaterra. A los 12 años mis padres me mandaron a Carolina del Norte a un pueblo mínimo, a un campamento únicamente de niñas. Ahí me encontré con Coral mi amiga que se mudo a Florida a los 7 y que no sabría estaría ahí. A los 15 fui a Irlanda a un pueblo llamado New Bridge que era tan pequeño que no tenía cine ni McDonald. Viví con una familia irlandesa, tomé la primera cerveza de mi vida, fumé mi primer cigarro, me emborraché por primera vez (un poco galla para tener 15, pero bueno) y conocí a Lola, una españo loca de remate que actualmente es una de mis mejores amigas.
A los 18 llegué a Metz, en el noreste de Francia, por un intercambio estudiantil. Yo estaba empeñada en vivir en París pero me tocó una ciudad helada en la frontera con Luxemburgo, donde conocí a mucha gente, entre ellos a Marisela, una peruana encantadora a quien visité en Lima. En Metz viví con una familia de tres que compró una casa de campo en un pueblo que no aparece en el mapa llamado St. Jaume en donde vi la nieve en mayo, y escribí mis primeros cuentos (los boté o los perdí luego, no recuerdo). Fue allí que supe que quería ser periodista, gracias a las cartas eternas y llenas de detalles que le mandaba a mi querida madre. Desde Metz viajé a Grecia, país que recorrí en un autobús junto a mis compañeros de clases. Allí en un pueblo cuyo nombre no recuerdo, una médico que hablaba cuatro idiomas, me cosió una herida que una piedra me había dejado mientras me bañaba en el mar. La cicatriz está en el pie izquierdo.
El verano después de mi primer año en la universidad me fui a Marbella a la casa de verano de Lola. Recuerdo pasar mis mañanas en la playa leyendo las revistas dominicales y diciéndole a Lola que yo iba a trabajar en una y que algún día tendría una (lo primero ya sucedió, lo segundo no todavía).
Cada viaje que he hecho, por más rápido o cercano que sea, me ha cambiado la vida. El destino no ha sido necesariamente asombroso, único o hermoso. A veces he terminado, sin saberlo, justo en el sitio donde debía estar. Cuando trabajé en la sección de viaje de El Nacional recuerdo haber pasado uno de los mejores domingos de mi vida con una familia en donde todos bailaban y tocaban tambor. La casa era pequeñita, en una zona de viviendas pobres, pero ese día, parecía que no faltaba nada. Ese domingo supe que quería ser madre (algún día) gracias a los ojos de fiera de una negrita de 5 años que bailaba tambores con tanta gracia que provocaba pasar el día viéndola.
Por esos días que trabajaba en Viajes me gané un premio por el mejor reportaje sobre biodiversidad que resultó una cumbre ambiental en Borneo, Malasia. Así llegué Sarawak una ciudad bordada por un río del mimo nombre, que atesora parques naturales donde se pueden ver y alimentar a los orangutanes, en su ambiente natural, fuera de una jaula. De allí, para aprovechar el pasaje que había sido gratis, me fui a Camboya, sóla, a conocer los templos del imperio de Angkor Wat. Conocí a Kiem Savanah Raat, un monje de 21 años que hablo de los sacrificios que a veces debíamos hacer para ser felices.
A todos estos lugares he llegado sin quererlo. Me pregunté por qué Malasia cuando casi todos van a Thailandia o Japón, o por qué un pueblo en Irlanda cuando Dublín es mucho más atractivo, por qué la fría de Metz cuando los museos están en París o por qué fui a Puerto Cabello a hacer una reseña y no a Canaima, que no conozco y debe ser mucho más atractivo. Una vez que llegaba a estos lugares inesperados, entendía por qué debía estar ahí. Así, este fin de semana, mi lugar era con Licantro, en las montañas donde una vez estuvieron Jennifer Grey y Patrick Swayze, tomando vino en un bar escondido con la señora gorda de cabello gris.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
La tristeza de mi vecina Parte II
Ella me dijo hola primero. Yo venía de hacer una caminata por Harlem y Lincoln Center (un poco bipolar este recorrido, una zona no tiene nada que ver con la otra) con Licantro y ella, según dijo después venía del trabajo. Me dijo algo en inglés sobre una "call" (llamada), y no entedí si quiso decir que he debido llamarla, o que ella me iba a llamar, o no se que otra cosa. Licantro tampoco entendió. Se lo presenté y ella le dijo "Soy Virginia, tu vecina".
Venía con las manos cargadas, así que cuando pasamos la primera puerta hacia la que lleva al ascensor ella dijo algo como un "umju" que interpreté como "¿Ahora quien va a abrir la puerta?" y Licantro sacó rápidamente la llave. El ascensor estaba en planta baja, así que no hubo que esperar . Me qudé mirándola: lucía cansada. Lo estaba. "A veces la gente trabaja demasiado, frenéticamente", dijo. Le respondí que en este país esa parecía hacer la regla: trabajar y trabajar para hacer dinero. Mucho dinero. Ella me dijo que era cierto, pero que a veces se obsesionaban tanto que cuando cometían un error pequeño querían morirse. "Pero sí es un error, nadie se ha muerto, la vida sigue, todo sigue". Quizás son ideas mías, pero la frase me pareció reveladora. Pensé en las tablas de surf en una esquina del apartamento, en el tipo alto y desgarbado, y en la única copa de vino. El ascensor llegó al 7 y nos bajamos, ella dijo "Have a great evening" (feliz noche), y cada quien agarró para su apartemnto.
Al entrar al 7-D le pregunté a Licantro si la veía triste. Me dijo, "yo la veo normal". Bueno quien dijo que los hombres saben de tristeza femenina. Pero luego dijo algo que reforzaba mi creencia. "Me la imaginaba más bonita. Luce vieja". Ajá. Ahí está! Si la hubiese visto el día del metro con el cabello miel suelto y el maquillaje que resaltaba las pecas no hubiese pensado eso. Estoy segura.
Mi vecina sigue triste, quizás más que antes. Y yo sigo sin saber si: 1. debo ayudarla 2. cómo ayudarla.
Adiós Cielito lindo!
Lo primero que sentí cuando agarré el volante del Yaris celeste de 2006 era que era suave, y no tenía que empujarlo con todas mis fuerzas como Pepe Grillo, mi primer carro, un Nissan Sentra que vivió conmigo momentos importantes: la caravana de graduación del colegio, el primer viaje a la playa manejando, el primer día de universidad, el último día de universidad, el despecho más importante de mi vida, el primer día de trabajo en El Nacional.
La suvidad de Cielito me cautivó y empezamos una relación amor-amor casi enseguida. Era cómodo, cabía en todos lados, era bonito, iba perfectamente con mi personalidad y lo más importante, lo había conseguido, pues bien se sabe que comprar un carro en Caracas es una odisea, que en este caso implicó repetidas llamadas a la gerente de toyota, visitas repentinas, chocolaticos en la tarde.
Ponerle nombre a los carros responde a una costumbre que tengo con todos lo objetos importantes de mi vida, es como si al bautizarlos fuesen más míos, o dejasen de ser un ente inanimado para convertirse en una pieza fundamental de mi vida. Así mi primer carro se llamó Pepe Grillo porque era verde, al primer auto de Licantro le puse Coquito porque era rojo y pequeño, a mi primera laptop la llamé La Baby, no sé por qué pues es un mamotreto de 17 pulgadas que de bebé no tiene nada, a una planta que me regaló una amiga para que me alegrara la oficina le puse Petunia (luego murió ahogada la pobre) y hasta tuve una férula por seis meses, en los días en que sufría de Tunel Carpiano, a la que le puse Elizabeth. Sí, ya sé que es un tanto raro, que puede ser una muestra de inmadurez, o más preocupante aún, de infantilismo, pero a mi la costumbre no se me quita, el 7-D de Caracas se llamaba Apartamentín y el de aquí se llama 7-D, tanto que cuando mis amigas caraqueñas o mi familia quiere preguntar por el apartamento dicen "¿Cómo está el 7-D?"
Cuando estaba en Washington el novio de Coral dijo algo que me hizo sentir mejor, no porque creyese que fuese cierto sino porque demostraba que yo no era la única. Según él, las mujeres le ponen nombre a todo, pues es parte de su instinto maternal. Yo no bautizé a Cielito por eso, pero si sé que lo hice como para declarar una relación que a partir de ese momento sería importantísima. Licantro, mi familia y mis amigos se acostumbraron a llamarlo Cielito, y pronto no era "vamos en tu carro", sino "nos vamos en Cielito". Bueno dicen que a los locos hay que seguirles la corriente; tal vez lo hicieron por eso.
Cielito me acompañó durante buena parte de mi vida profesional en Caracas, me llevó a las entrevistas, a los cocteles, a las ruedas de prensa. Fue testigo de los años de noviazgo más decisivos entre Licantro y yo, de los paseos repentinos que cada cierto tiempo a mi y a Sofía nos daba por hacer. Fue el primero que se estacionó en el 7-D de Caracas, el primer hogar con Licantro. Cielito, también acogió buena parte de mi vida: los libros que leía, los chales que dejaba olvidados, el estuche de maquillaje, los tupper ware de comida, las botellas de agua, varios pares de zapatos, más de una cartera. Cuando algo no aprecía en ningún lado lo más seguro es que estuviese en Cielito.
Cuando me vine a Nueva York no me despedí de Cielito, ni le tomé una foto. No. Yo regresaría en un par de años y Cielito seguiría allí pues como no necesitaba el dinero no había necesidad de venderlo. Al menos ese era el plan. El plan cambió hace tres semanas, cuando mi adorado padre me llamó un domingo en la madrugada (madrugada para mí, media tarde para él) y me dijo que el dólar estaba en 4.000, que iba a subir más, que no esperara por Cadivi y los dólares de estudiante, que lo mejor, lo más lógico, era vender a Cielito. Yo que confío en mi padre ciegamente pues es la persona más razonable que conozco, le dije "que más, véndelo".
Una semana después mi querida madre me aununció que Cielito tenía comprador. Le dije que por favor le dijera al nuevo dueño que el Toyota Yaris azul que estaba comprando se llamaba Cielito. No creo que lo haya hecho. Lo que sí hizo fue enviarme una foto de los nuevos propietarios de Cielito, ahora supongo Yaris azul celeste del 2006. No le vi la cara a los compradores, pero sí noté, cómo no, que estaban en una Hummer. Acto seguido, llamada.
- Mamá como se te ocurre venderle Cielito a un tipo con una Hummer, yo odio las Hummers, y me parece que alguien que tenga un carro tan grande, tosco y vulgar no es digno de un carrito tan chiquito como Cielito.
Mi madre querida me explicó que el Hummer era de un primo del nuevo dueño. Que me quedara tranquila. Que igual Cielito ya no era mío pero que la plata sí lo era. Fue un buen negocio, de eso si no hay duda, ahora que el dólar está en 5.000 y mi padre compró a 4.000 es obvio que lo fue.
Eso por supuesto no me quita la nostalgia, no borra el hecho definitivo y apullante de que tengo algo menos en Caracas, que posiblemente poco a poco, mis cosas, mis relaciones, empezarán a irse, se irán difuminando, así como mi vida ahí. ¿Qué estoy siendo demasiado dramática? Posiblemente, pero así soy, y no dejo de pensar que Cielito representa otro adiós, además del que le dije a mi familia, a mis amigos, a mi trabajo, a mi caótica vida caraqueña. Un adiós más en la larga serie de adioses que de ahora en adelante vendrán. O no.
lunes, 15 de septiembre de 2008
Tres hombres hacen la siesta en Union Square
Ah A-nah! que pedía entre signos de exclamación posts con foto .
La evidencia: Esta fotografía tomada con mi Blackberry a las 5:30 de la tarde del día lunes 15 de septiembre de 2008.
Los protagonistas (de izq. a der.):
Hombre 1: sujeto de cabello gris, pantalón floreado, camisa camuflajeada y un maletín estilo carry-on azul marino.
Hombre 2: negro barrigón de camisa negra, maletín negro, chanclas negras y bastón.
Hombre 3: Sujeto con la cabeza acostada, casi descolgada del resto del cuerpo, y chaqueta verde militar guindada de la esquina del banco.
Los hechos: Lleve a mi prima Pachi, la hermana menor de La Pata que está de vacaciones en NY, a conocer Union Square en la calle 14. Decidimos entrar a la plaza y recorrerla enteramente (no es demasiado grande) y nos topamos con Hombre 1, Hombre 2 y Hombre 3 dormidos en el banco. Nos llamaron la atención de inmediato, pero seguimos de largo por tres segundos hasta que nos dijimos que esa escena, que parecía casi una pintura, era una gran fotografía.
Nos daba temor que se despertasen y se diesen cuenta de que ahí estaban ellos como criaturas de circo y ahí nosotras como espectadoras morbosas, pero no nos importó. Después de tomar varias (tres cada una) nos dimos cuenta de que un grupo de adolescentes europeos risoteaba con precausión mientras disfrutraba y capturaba la escena.
A los 5 minutos, Hombre 1 se se despertó. Aunque en la fotografía puede parecer que estaba agachado buscando algo, la verdad es que tenía los ojos cerrados y la apariencia serena de quien tiene la mente y el espíritu en otra parte. Hombre 1 levantó el torso, alzó un sólo brazo, bostezó, se llevó la mano del brazo levantado a la cabeza y se la rascó. Un rato después llamó con gestos a otro hombre y este vino le dijo algo y se fue. Luego otros dos chicos llegaron y le dieron una caja verde de algún medicamento que no pude reconocer pero que era de 400 mg. Me llamó la atención que Hombre 1 no miró a Hombre 2 ni a Hombre 3. Sí le hizo un número dos con los dedos a otro sujeto desaliñado que luego se acercó y le dijo algo al oído.
A los 5 minutos (es decir a 10 de estar parada en el árbol de enfrente mirando toda la escena) Hombre 3 se levantó. Estiró ambos brazos, se soltó la cola que llevaba en el cabello largo y pegajoso, se paró del banco sin mirar a Hombre 1 y Hombre 2 y caminó hasta otro donde estaban dos hombres: uno joven, el otro viejo. Desde ahí nos miró con desconfianza a Pachi y a mí. No le hicimos caso.
Hombre 2 tenía el brazo por detrás del banco, levemente puesto sobre la espalda de Hombre 3, quien pareció no percartarse del detalle. No se movió ni un milímetro, y se quedó ahí con su pierna estirada, con la chancla como si se fuese a salir y el dedo índice de la mano colgado en dirección al suelo.
Las supocisiones:
Al contrario de las reglas periódisticas que indican que no se debe asumir nunca nada, ni lo más evidente, yo asumiré y supondré algunas cosas sobre la siesta de los tres hombres a partir de la fotografía.
Hombre 1:
A) O no tiene domicilio fijo o está llegando de viaje, a juzgar por la maleta que está a su lado y que casi no sale en la fotografía.
B) Tiene poca ropa o mal gusto al vestir porque casi ningún hombre en su sano juicio combinaría flores azules con camuflaje verde.
C) Podría pensarse por la caja de medicamento que le traen los dos chicos o por la seña que le hace a otro de los hombres que es drogadicto, traficante o está enfermo.
D) La posición del cuerpo, como si estuviese a punto de levantarse, es un indicativo de que o es el menos cansado de los tres o es el que menos dormido está.
Hombre 2:
A) Está realmente dormido pues en el tiempo que Pachi y yo estuvimos allí no se movió en ningún momento y mantuvo hasta los gestos que lucen más incómodos en su postura, como lo son el dedo índice, y la chola a punto de salirse.
B) O es ciego o tiene una dificultad al caminar, pues no tiene la pinta de quien usan bastón sólo por pavonearse.
C) Definitivamente conoce a Hombre 3 porque está demasiado cerca de él (nótese que pareciera que ambas piernas estuviesen a un ápice de tocarse) y porque éste al despertarse no hace ningún gesto de extrañeza, de la clase que dice "pero a éste qué le pasó".
D) Lleva menos pertenencias consigo que Hombre 1, pues además de que el maletín es visiblemente más pequeño, por la forma en que la tela se hunde, no paciera estar muy lleno.
Hombre 3:
A) No le importa estar dormido en el medio de un parque a juzgar por la postura totalmente distendida que mantiene: la cabeza hacia atrás en posición de total relajación y la boca abierta como quien está a punto de babearse o lo hizo hace un rato.
B) O salió de su casa demasiado temprano cuando hacía frío o va a llegar muy tarde cuando refresca, o no tiene casa, pero la chaqueta colgada en la esquina del banco debe responder a alguna de estas tres opciones pues hacía casi 30 grados centígrados en ese momento. Por eso, claro está, no la tiene puesta.
C) Su cabello pegajoso y en exceso brillante denota que o no se ha bañado en varios días o su pelo es de tipo grasoso o ambas.
D) No le gusta el voyerismo, o no al menos el que le hacen a él o a sus compañeros de banco, pues nos miró a Pachi y a mi con mala cara apenas se dio cuenta de que estábamos observándolos.
Hombre 1, Hombre 2 y Hombre 3:
Es difícil precisar la relación exacta entre el trío pero me atrevería a decir que los tres son compañeros de Plaza, compañeros de banco, y que posiblemente esa no sea la primera vez, ni la última, que hacen la siesta juntos en ese lugar. Diría también que Hombre 2 y Hombre 3 son los que más se conocen, de repente han compartido cervezas y conversaciones, pero no son amigos del alma pues si lo fuesen, pienso yo, Hombre 3 hubiese mirado a Hombre 2 al despertarse.
domingo, 14 de septiembre de 2008
El dolor, siete años después
Tal parece que en los días tristes hace más frío. El jueves 11 de septiembre a las 6:30 am en la esquina de Broadway con Liberty Street, en el Financial District, el viento soplaba con fuerza y nos helaba los huesos a mi y a más de un periodista parado justo ahí, enfrente de la mesa de prensa dónde nos entregarían las credenciales. Los actos conmemorativos del 7mo aniversario no comenzaban sino a las 8:40 am, así que a los de prensa, enjaulados en un espacio cerrado con unas gradas como asiento, no nos quedaba sino esperar, retorcernos de frío e intentar conversar con los familiares de las víctimas que se acercaban a nuestro espacio/jaula.
sábado, 13 de septiembre de 2008
La ciudad de los importantes
Esto lo supe la mañana siguiente a mi llegada. Era lunes y debía ir desde Mount Pleasant, en dónde me alojaba, hasta la calle H con la 16, muy cerquita de la Casa Blanca, en dónde sería el curso de periodismo de finanzas que tomaría. La linda de Coral, mi amiga de la infancia, quien vive en la capital desde hace más de 10 años, me acompañó a tomar el autobús porque no quería que me perdiese y llegase tarde a mi primer día de curso. No le dije nada en ese momento, pero sí se me hizo curioso que las 20 personas que estaban en el autobús vestían de taller (en el caso de las mujeres) o de flux (en el caso de los hombres), sonreían poco, y tenían un carnet guindado del pantalón, o la falda, o la camisa, que decía USA Government o, Departament of State, o World Bank, u OEA o International Center for ............... (en este espacio en blanco vale colocar, profesiones, misiones o cualquier idea que pase por la cabeza).
Yo me sentí un poco nerviosa por mi vestimenta, ya que no soporto un taller, y llevaba un vestidito de algodón tal vez demasiado corto para los estándares capitalinos. "Esta es una ciudad muy conservadora. Es muy diferente como se viste la gente aquí que en Nueva York donde te pones lo que te venga en gana y nadie lo nota", me dijo Coral. Además, a falta de carnet, se hacía obvio que yo era una outsider.
En el curso todos, menos yo, eran periodistas radicados en D.C u personal del International Center for Journalist. El encargado de la logística del curso contó que antes había trabajado como editor en el Departamento de Salud y Servicios Humanitarios, y que por un tiempo había sido traductor. Su esposa trabajaba para el Departemento de Estado. El novio de una de las talleristas era ingeniero de sistema de El Pentágono, y el corresponsal de Radio Caracol, cursaba una maestría en Internationals Affairs en Georgetown.
Pregunté ingenuamente si en esa ciudad todo el mundo trabajaba o deseaba trabajar para el Gobierno, o para alguna organización estatal o internacional, y me contestaron "Claro, esto es Washington, qué esperabas". No sé. La verdad no esperaba nada, tal vez por eso me sorprendió tanta seriedad. Sentí que no había lugar para la espontaneidad, para aquél que simplemente llegaba a la ciudad, y supongamos, quería abrir una tienda de artículos deportivos, o una tienda de mascotas, que debo decir vi muy pocas mientras estuve en D.C.
Esa noche caminé con Coral por los alrededores de la Casa Blanca. Luego fuimos a la OEA, al Licoln Memorial, el lugar donde Martin Luther King dio su famoso discurso "I have a dream", y al monumento en conmemoración de la Segunda Guerra Mundial. Mientras caminábamos le conté lo que pensaba y me dijo, "Sí, es así, aquí todo el mundo tiene aspiraciones políticas o deseos de cambiar el mundo. Aquí no hay artistas, modelos, pintores, escritores; para eso Nueva York". Cierto. O Los Ángeles. Me pregunté sin ningún prejuicio si lo que Coral llamaba aspiraciones políticas o ganas de cambiar el mundo no sería tal vez deseos de protagonismo.
Coral, estudió asuntos internacionales y luego hizo un postgrado en salud pública, y ahora trabaja para una ONG en el ramo de la salud, que entre otras cosas, lleva a cabo una campaña de prevención del SIDA. "Mi trabajo es repartir condones". Los amigos de Coral también trabajan todos en cosas importantes: en la embajada, en agencias de comunicación ligadas a alguna embajada, en el Banco Mundial. "Aquí es muy difícil conseguir trabajo porque hay demasiada competencia. Todos hicieron la misma carrera en la misma universidad y cursaron el mismo postgrado. Por eso a veces tienden a pagar mal, porque saben que si tú no lo tomas hay 100 personas detrás de tí que si lo harán".
¿Pero por qué es tan marcado tal anhelo de pertencer a alguna de estas organizaciones? Es que no pertenecer, es percibido como un fracaso? ¿O es que no hay más trabajos en esa ciudad? Me pregunté lo obvio: ¿En Washington D.C están todos compitiendo por tener aunque sea un rinconcito de protagonismo en esa élite de poder?
Me recordé de las palabras de la Gobernadora de Alaska Sarah Palin, ahora candidata a la vicepresidencia junto al candidato republicano John McCain, de quien debo decir no me agrada demasiado, no porque sea republicana, súper conservadora y tenga 5 hijos, sino porque a la gente le ha dado por decir que me parezco a ella. Lo cual es imposible, porque yo soy bonita. Al menos eso necesito creer. Palin dijo que si uno no pertenece a "The Washington Elite", y es una persona desconocida, que proviene de la nada ( o Alaska, que es lo mismo) los medios lo acribillan.
En mi segundo y último día en Washington, luego del curso, fui con Coral y dos amigas al concierto de Julieta Venegas en el Kennedy Center, luego a comer japonés y por último a un Lounge, pues celebrábamos el cumpleaños de una de sus amigas. Mientras tomaba cerveza me planteé conversar con los amigos de los amigos de Coral, en su mayoría gringos. Sabrina, nacida y criada en D.C, estaba ansiosa porque había conseguido un trabajo en el Banco Mundial, por demás decir una de las organizaciones más prestigiosas. Hasta quienes tienen un buen trabajo en otro organismo quieren trabajar allí.
Jason, original de Cincinnati, me dijo que era cierto, que todos en D.C tenían grandes aspiraciones, que algunos deseaban ser políticos para cambiar las leyes, y otros querían salvar al mundo, aunque todos no lo lograran, o ni siquiera fuesen en el camino correcto. Él con apenas 24 años, había estudiado ciencias políticas y ahora estaba haciendo un master en Recursos Naturales. Le pregunté qué iba a hacer con eso, pues no tenía idea alguna de qué hace alguien que estudió Recursos Naturales, básicamente porque nunca había conocido a nadie que hubiese hecho su maestría en eso. Él me dijo que el campo de trabajo era muy amplio, pero que él quería trabajar con los corales marinos. Para ser más exacta, me dijo que los corales estaban muriendo, y que él quería salvarlos.
- Osea que tu también crees que vas a cambiar el mundo, ¿no eso un lugar común aquí?
- Sí, lo es- me contestó. -Pero yo soy diferente, yo sí lo voy a lograr. Todo el que se propone cambiar el mundo es porque confía en que lo va a lograr, aunque más tarde se de cuenta de que no era posible. De que tal vez el mundo no quiere cambiar, o de que quizás es un acto de arrogancia estar en una ciudad; vivir,trabajar, y estudiar en ella, para pertenecer a un círculo demasiado pequeño: al círculo de los importantes.
En medio de la plática y una par de cervezas, comenzaron todos a repartirse sus tarjetas, la mayoría con sellos pomposos. Pensé en las mías, hechas en Staples por casi 25 dólares y en lo poco elaboradas (balurdas para decirlo cómo es) que lucían y me dió un poco de vergüenza repartirlas, sobre todo porque ya en el curso un colombiano me había dicho "ay es sencillita, que chévere" y yo me quedé con ganas de responderle "pero qué quieres, que sea interactiva".
Entre el grupo que estaba en el lounge sólo había una persona sin tarjetas, una chica rubia, espontánea con sonrisa imborrable que mientras encuentra empleo en lo que estudió (asuntos internacionales con maestría en Estudios Latinoamericanos) trabaja en una tienda de bicicletas. A ella fue la única que genuinamente le pareció gracioso hacerse unas tarjetas en Staples, y dijo que iba a hacer lo mismo, sólo por verle la cara a los demás -¿la élite?- cuando se las repartiese.
lunes, 8 de septiembre de 2008
El portero de la 89 st con 5ta av
Sí, los dueños son judíos y nosotros bien jodidos. Mírenme aquí. Sudando. La cara, la frente, la barbilla. De lunes a miércoles, y de viernes a domingo Sólo el jueves lo tengo libre. Pero los jueves todos trabajan. ¿Con quién salgo? Noooo que va! Ya yo no quiero seguir aquí. Me quiero devolver a Ecuador. Ya sé que tengo más de 20 años en la ciudad, pero me cansé. Me vine porque quería ser artista, músico. Pero canto mal, yo.
Mi padre me lo advirtió 'mijo no se vaya, deje esa pendejada de querer se artista. Búsquese una profesión como sus hermanos'. Yo vengo de una familia de periodistas. Dos de mis hermanos son locutores. Eso me gusta. A lo mejor me dan un puestito cuándo vuelva. No sé cuando me voy. Pero aquí ya no aguanto mucho más. Ya estoy cansado, tengo 43, no 20.
Cuando llegué a Nueva York, pasé trabajo. Dormí en los trenes, pedí plata, cantaba en el metro. No me importaba, al principio. Yo iba por el sueño, el americano. Después sí. Me cansé. Tenía hambre. Con qué comía. Primero en el departamento de limpieza de una empresa, después de seguridad. Luego portero.
¿Interesante, dice usted? No que va. Es bien aburrido. No pasa nada en todo el día. ¿Que le sé la vida a todo el mundo, me dice? Sí pero para que me sirve, si no tengo a quien contársela. Vea. Esa que va ahí es hija única. Los papás nunca están. Va a un high school de por aquí, del upper east side. Nunca toma metro, siempre anda en taxi. Parece hippie, ¿no? Para mi que se mete sus cositas.
¿De Venezuela dice que son ustedes? Ay qué dolor lo que ese hombre está haciendo con su país. Siendo una nación tan rica, con tantos recursos, con gente tan bella. Porque bellas sí que son esas mujeres de ustedes que van a los concursos. Y me perdona usted señor, pero su señora sí que es bien buena moza, se le nota que es venezolana. Mire, hágale caso, para que no le pase como a mí. Mala suerte con las mujeres. Sépalo: ellas son más inteligentes, siempre.
Uy ahí vienen los dueños. Mírela a ella, no baja la mirada; él está engominado en el cabello. Que placer conversar con ustedes. Diferente la tarde. Si no, sólo hablaba con el técnico de los ascensores. ¿Quién más? Bueno, hasta luego, fue un placer, aquí estoy cuando me necesiten. Gracia señora por la tarjeta. Ay, periodista como en mi familia! Nos vemos luego, déme la mano. Se la beso siempre a las mújeres. Perdone usted señor, una costumbre que tengo. Que disfruten . Está bonito ese museo".
Reyes Santiago (el primero es el nombre, el segundo es el apellido) es portero de un edificio en la calle 89 con 5ta avenida, a media cuadra del museo Guggenheim.
sábado, 6 de septiembre de 2008
Mandamiento I para una vida más feliz: No intentarás ser Marilyn Monroe bajo la lluvia.
Cuando viví en Francia, junto al café de las mañanas venía también una miradita a la tele para chequear el clima, y escoger la vestimenta correcta. Sin embargo, siempre me las arreglaba para equivocarme, no importa cuantas veces chequeara la temperatura. Siempre llevaba o demasiados sueteres o muy pocos. Recuerdo que veía a mis compañeras vestidas a la europea con una linda chaquetica de cuero, un foulard y unos zapatos de goma de esos que tienen rallitas a los lados. Se veían tan lindas. Y yo mientras con un chaquetón, y dos suéteres, uno puesto y el otro guindando de la cartera, luciendo gorda y absolutamente fuera de lugar.
Aún así, con todo y mis desatinos europeos, lo de hoy en Nueva York fue insólito e imperdonable. Ya habian avisado que veía un huracán. Y había visto yo la lluvia torrencial por la ventana, pero aún así, cuando Licantro me dijo que me visistiera, que íbamos de paseo a un lugar sorpresa y luego a una clase de salsa para becarios de la Fulbright, no dudé en ponerme mi nueva mini falda Patricia Field (la destilista de sex and the city) con una camisa de cuadros blancos y negros, y mis botas negras. Si las neoyorquinas pueden, yo también y ya las había visto a ellas, de lo más avant garde con sus mini shorts o mini skirts y un par de botas. Mi decisión se fortaleció cuando Licantro al verme dijo Guaooo! (esto casi nunca ocurre, no porque al bello del Licantro no le guste como me visto sino porque los hombres no son tan expresivos) y dijo que parecía una europea con un look grunge chic. Como mis amigas francesas. Yei!!!
Pues así, oronda, sintiéndome desenfadada salí a la calle. Me di cuenta de que la escogencia de mi outfit y mis inteniones de querérmelas dar de la astuta fashionista cuando en realidad provocaba estar con una botas gigantescas, unos pantalones de pana y un impermeable de esos que usan los fiscales de tránsito, había sido un error. Uno garrafal. El paraguas no aguantó lo brisa, y terminó doblado, y yo sólo pude cubrirme la cabeza con un chal que tenía en la cartera. Llegamos a la estación de metro y traté de secarme con el mismo chal mientras trataba de recuperar la cordura. Licantro estaba emocionadísimo. Todo el asunto de correr bajo la lluvia le había parecido divertidísimo.
Cuando llegamos a la estación de la calle 28 nos bajamos y caminamos rumbo al lugar sorpresa no sin antes franquear una buena decena de charcos y embadurnarme las piernas con un agua color gris oscuro. Licantro corría feliz, imagino que en su cabeza sonaría la canción de Singing in the rain, mientras yo me las arreglaba para que el resto de los peatones y los conductores no me viesen las pantaletas. Pues por más romántico que suene la falda levantada por el viento, una debe abrazar su verdad con dignidad: yo no soy Marilyn Monroe.
El destino sorpresa resultó ser el museo del sexo. Nada como estar emparamada y en un estado deplorable para pensar en sexo, o admirar arte erótico! Lo primero que hice fue entrar al baño y envolverme en un montón de toallitas de papel marrón. Luego, me metí debajo de los secadores de mano, para secarme el pelo, las piernas, los brazos. La falda seguía emparamada y tenía mucho frío así que decidí hacerme un pareo con el chal, quitármela y ponerla debajo del secador. Se secó algo y me la volví a poner. Al salir vi a Licantro con una camisa que decía Sex Museum New York. Great! Un bonito recuerdo para el álbum familiar. Al menos él estaba seco.
La primera sala del museo fue la de los animales y sus conductas sexuales y como eran capaces de disfrutar del sexo igual o más que los humanos. Interesante y supongo que maravilloso para los animales, pero mi concentración estaba en la falda que todavía húmeda se doblaba en la entrepierna. Todo un fiasco el museo, pero aún más mi intento de verme divina y desenfadada bajo la lluvia.
ps: ¿Alguien sabe dónde puedo conseguir uno de esos impermeables gigantes amarillos que usan los fiscales de tránsito y los trabajadores del metro?
viernes, 5 de septiembre de 2008
Tarjeticas para poder ser alguien
jueves, 4 de septiembre de 2008
La extraña vocación de mi abuelita
Mi abuelita es la mujer más hermosa, inteligente y sabia que existe, o al menos que yo conozca, y no digo esto porque sea mi abuela sino porque es absolutamente cierto. Sus cuentos de la temprana adolescencia siempre me han fascinado: cómo se apoyaba en el pollo de la casa colonial de la familia en el Centro de Caracas a recibir a sus admiradores, o cómo anotaba en un pequeño cuadernito la lista de galanes que querían bailar con ella en las fiestas de quince años, o cómo el día que terminó con un noviecito vió a mi abuelo en la plaza desde su ventana, y él la miró de rgreso y se enamoraron, no sin que antes mi abuelo espantara la plaga de pretendientes que ella tenía.
Mi abuela se casó a los 24, no fue a la universidad porque la familia no podía costearla, ni estudió ningún oficio. Tuvo seis hijos, ahora tiene 11 nietos y cinco bisnietos. Es una de las personas más graciosas que he visto -Licantro lo certifica, y el muy bello dice que heredé mi gracia de ella- hace la mejor ensalada de gallina del mundo, tiene unas manos suaves y sedosas con las que hace maravillas, sabe reírse de si misma como muchos ya quisieran y resuelve los problemas con la eficacia y la rapidez de los más lúcidos. Superabuela, la he llamado siempre, por esta razón y por todas las anteriores.
Ese día, hace unos años, superabuela me dijo algo que me dejó perpleja y que he recordado durante esta semana cuando he reflexionado sobre la tristeza -la de Virginia, la mía, y la de otros- la alegría, y la verdadera felicidad. Mi superabuela me dijo, que su gran propósito en la vida, más allá de tener hijos y formar una familia, era ser feliz. Me dijo que lo había decidido conscientemente, así como quien elige convertirse en médico porque quiere salvar vida o quienes somos periodistas porque queremos contar historias, ella tomó la decisión de que su vocación, su verdadero oficio iba a ser ser feliz y hacer feliz a todos los que estuviesen a su alrededor.
Esta frase me pareció entonces, y me parece todavía de una extrema inteligencia, pues hasta entonces yo, que no era una niña para cuando esta conversación -no tendría menos de 20 años- pensaba que la felicidad era algo que sucedía, y uno estaba ahí y lo aprovechaba. Como un balón que te cae en la mano cuando ni siquiera estás jugando a la pelota. Superabuela me dijo que la vida era difícil, que tenía altos y bajos, pero que los había atrevesado todos con la misma actitud de ser y hacer feliz. Incluso cuando mi abuelo murió no renunció a su propósito.
Desde pequeña me he planteado una cantidad de cosas que he querido ser: actriz (todavía), agente del FBI (todavía), poeta, musa de un genio pintor, escritora (todavía) y posteriormente periodista (ya no sé si tanto). Pero en toda esta búsqueda de qué quería ser, nunca me planteé ser feliz como un propósito de vida sino que lo asumí como algo que se derivaría de las satisfacciones de mis otras elecciones.
Yo, que soy una adicta a la melancolía, he pensado en esto repetidas veces, y no he llegado a ninguna conclusión. Con miedo me he preguntado, ¿Qué tal y si existe gente que está incapacitada estructuralmente para ser feliz, que es conducida por sus pensamientos novelescos de autodestrucción hasta que acaba con todo y no queda nada? O aún peor: ¿Qué tal si yo soy una de ellas?
Ayer leí el tercer blog de Olga (http://escribirenundiario.blogspot.com/) , a quien conocí por esta vía, y en uno de sus posts titulado Remedio para melancólicos, en alusión al cuento de Ray Bradbury había un segmento del relato que cautivó mi atención y luego, luego, me recordó la vocación de superabuela de ser feliz. Y sólo porque la buena de Olga me autorizó copio el fragmento exacto que puso en su blog:
Ante todo, los síntomas: fiebres violentas, fríos súbitos, pulso rápido y luego lento, arranques de cólera, luego una calma dulcísima, accesos de ebriedad luego de beber agua de pozo, vértigos cuando te tocan así, nada más...
El hombre rozó la muñeca de Camila, que cayó en un delicioso abandono.
-Depresiones, arrebatos -prosiguió el hombre-. Sueños...
-¡Basta! -exclamó Camila, fascinada-. Me conoce usted al dedillo. Nombre mi mal, ¡ahora!
-Lo haré -el hombre apoyó los labios en la palma de la mano de Camila, y la joven se estremeció violentamente-. Tu mal se llama Camila Wilkes.
-Qué extraño -Camila tembló, y en los ojos le brilló un fuego de lilas-. ¿De modo que soy mi propia dolencia? ¡Qué daño me hago! Ahora mismo, sienta mi corazón.
Y si yo soy mi propia dolencia y si todo estos estos años que asumí la felicidad como un bono y no como una decisión, como lo hizo superabuela, ha sido una pérdida de tiempo en debates internos sin ningún sentido. ¿Estoy a tiempo de tomar la desición, abuela? ¿Estaría yo dispuesta a renunciar a lo que sea que hay que renunciar para apegarme a esta decisión?, porque dicha sea la verdad, cada camino que elegimos implica una renuncia. ¿A qué estaría renunciando ? ¿No es la felicidad lo más importante, o está sobreestimada? No puedo contestar ninguna de estas preguntas, pero se me ocurre contar lo que me dice mi casi hermano Reymundo cada vez que le cuento que me equivoqué gravemente:
- Uno decide cada día la persona que quiere ser.
Niño Rey, porque sé que lo necesito, y porque sé que tienes razón, mañana ese será mi único propósito: ser feliz. Un día a la vez. Y después ya veremos.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
La tristeza de mi vecina
Entramos al ascensor, nos miramos, sonreímos.
- Con que dormida, me dijo.
- Sí. Tú, apurada y con hambre.
- Sí, me respondió.
Salimos del ascensor, juntas, pasamos la primera puerta del edificio, juntas, la segunda puerta del edificio, juntas, caminamos hacia el metro, juntas.
- Hace frío, me dijo en el corto trayecto desde nuestro edificio, hasta la estación.
- Sí, y justo hoy resolví ponerme un vestido.
Noté que estaba muy bien arreglada. Llevaba unos pantalones tipo tubo negros, una franela manga larga negra y encima, una especie de batola, negra, azul y gris. Pensé que lucía regia. Llevaba poco maquillaje: corrector, base, blush, rimel, brillo en los labios. Estaba hermosa pero se veía triste.
Nos subimos al mismo vagón, y como estaba repleto, compartimos un tubo, ella puso una mano en una parte y yo en la otra. Me preguntó si estaba recién mudada al edificio, le dije que sí. Quiso saber qué hacía. Le conté la historia:
- Soy venezolana, periodista, mi esposo se ganó una beca para estudiar en Nueva York, yo conseguí un trabajo y me vine antes que él. Escribo para un periódico on line dirigido a la comunidad hispana.
Le pareció fabuloso y divertido. Y me dijo que su trabajo no era nada demasiado emocionante pero que estaba bien. Era la gerente de piso de una cadena de tiendas de lujo en la ciudad. A mi me sonó como el empleo soñado y se lo dije:
- Es decir que te dan descuentos en toda la mercancía.
- Sí.
Con razón vestía así, pensé. Llevábamos más de 10 minutos hablando cuando nos dimos cuenta de que no nos habíamos presentado.
- Virginia. Encantada, me dijo.
Había nacido en Hungría y crecido allí pero hace 13 años que estaba en la Nueva York. Estaba casada desde hace 13 también; su esposo era estudiante, como el mío, pero él estaba cursando para ser médico o paramédico. No la entendí bien.
- Él acaba de pasar por una etapa de no saber que hacer con su vida, me dijo con cara de fastidio, que hubiese asumido como tal de no haber sido por sus ojos. No eran de fastidio. Eran de tristeza. Cambió de tema, y me contó que con ella trabajaba una venezolana fabulosa, súper creativa y muy involucrada con la comunidad hispana. Me dijo que nos iba a poner en contacto. Se bajó del metro en la 59 y no la vi más.
No sé por qué razón, pero en el día de hoy pensé varias veces en Virginia, su belleza delicada -cabello castaño claro, lacio a la altura de los hombros, rasgos sútiles, ojos miel, pecas en la piel- y su evidente tristeza. ¿Sería realmente miserable Virginia, o era producto de mi imaginación? No supe contestarme. Al menos no en ese momento.
Llegué a las 6:00 pm a mi casa, terminé el almuerzo que había dejado a la mitad, y de postre me comí un pedazo de torta de chocolate. Estaba vestida con una franelilla blanca y un mini short del mismo color, cuando sonó la puerta.
Abrí. Era Virginia.
Se me quedó mirando -cuando se fue y me acerqué al espejo me di cuenta que me miraba porque tenía un pedazo de torta de chocolate en la mejilla.
- ¿Te acuerdas de mí?
Cómo no. Como si conociera tantos vecinos en este edificio. Como si todos fueran una húngara encantadora de semblante triste.
Había venido a traerme el teléfono de Cherry, su colega la venezolana. Me entregó un papelito que yo iba a tirar en la mesa-donde pongo -todo lo que no sé-dónde poner, cuandó pensé "si lo dejo ahí, no la llamaré nunca". Y de inmediato marqué el número. Cherry vivía aquí desde hace 28 años, ciertamente estaba muy involucrada con la comunidad hispana y ciertamente sonaba fabulosa y súper creativa. Cherry me dijo que Virginia era en realidad su jefa, que a decir verdad era la jefa de mucha gente, pues era la gerente de un piso completo. ¿Nada emocionante? me pregunté acordándome de cómo me había descrito su trabajo en el vagón del metro. Le dije a Cherry, sin pudor, Con razón Virginia se viste tan bien.
- Pero es muy sencilla. Súper sencilla, enfatizó.
Colgué el teléfono, me cambié de ropa a algo más decente, me miré en el espejo y me quité el pedazo de chocolate de la cara, me la lavé y cepillé los dientes. No le pasé la cerradura a mi apartamento, y caminé hacia dónde pensé era el suyo. Toqué el timbre dos veces. Toqué la puerta tres veces. Nada. Al fin dije, Virginia, y la puerta del apartamento continuo se abrió.
- ¿Estabas tocando en el apartamento equivocado, no? Le pareció gracioso.
Le di las gracias por ponerme en contacto con Cherry y le conté que habíamos hablado un buen rato. Miré su apartamento, más grande y bonito que el mío, y al final en una esquina, vi una tabla de surf. Ahí fue cuando até cabos. Entonces el tipo alto, delgado y rubio, que entraba y salía con una tabla de surf a cuestas era el esposo de Virginia, el de la crisis existencial.
Le confesé que lo había visto.
- Hace tiempo, ¿no?
Afirmé con la cabeza. Miré alrededor: había un plato en la mesa, una copa, y Virginia cortaba tomates como para una porción. No dos. Entendí entonces la tristeza. Me dio rabia. Intercambiamos números, me dijo que la llamara cuando no tuviese nada qué hacer o cuando quisera conversar. Le dije lo mismo.
¿Por qué la única persona agradable que he conocido en este edificio está sufriendo? No lo sé. Pero soy una metiche, y no me gusta que la gente amable sufra. Así que espero que esta historia no termine con este punto.
martes, 2 de septiembre de 2008
Llenando el vacío
lunes, 1 de septiembre de 2008
Un manojo de globos para dejar ir el dolor
Ella se paró en lo más alto de El Jardín de Shakespeare, en Central Park, tal como lo había hecho hace seis años en el mirador de La Alameda en Caracas. Esta vez tenía 28 años en lugar de 22, y llevaba más de un globo en su mano. A diferencia de aquella mañana de agosto, esta vez no estaba con Sofía y en lugar de uno llevaba 10 globos, cada uno de un color diferente, separados en dos grupos de a cinco, cada uno en una mano. A cada globo le guindaba un largo cordón. En lugar de Sofía, Penélope, quien se conocía la historia y siempre se ha sentido atraída por lo esotérico -al punto de que en sus ratos de ocio con las amigas lee el tarot- accedió a acompañarla. No era de mañana esta vez, pero sí era agosto. Eran las 4:00 pm, hacía calor con ciertos soplos de brisa y Ella llevaba un vestido amarillo de lunares blancos descotado en V. Esta vez quería verse y sentirse hermosa y por eso no optó por el mono ruñido y la camiseta vieja que había usado hace seis años. Aquél día estaba triste sin ganas de arreglarse pero esta vez, embriada por esa gota de felicidad que deja la nostalgia justo antes de irse, quería lucir estupenda.
Penélope, quien había estado muy silenciosa, le dijo que se veía hermosa, que los lunares se veían bien junto a todas las flores del jardín de Shakespeare. Lo que Penélope no sabía era que para su amiga los lunares representaban la añoranza. Y qué mejor ocasión para lucirlos que ésta.
Penélope llevaba las tijeras, con las que Ella cortaría las cuerdas de cada globo, cuando el momento llegara.
- Lo que no entiendo es por qué son tantos, le dijo.
- Es que tengo que dejar ir muchas cosas, contestó Ella.
- Pero aquella mañana con Sofía sólo llevabas uno, le recordó.
Era cierto. Llevaba un globo verde. El único que había conseguido en la única piñatería abierta en Las Mercedes. Lo había inflado con helio y dentro de él había metido una carta doblada en ocho pedazos dirigida a él. Una bruja de confianza le había dicho que escribiera en una carta todo el dolor, la rabia, el odio, el amor o el desamor que sentía, la pusiera dentro del globo, lo inflara con helio, se fuera al tope de una montaña, se lo amarrara a la cintura, y cuando estuviese lista, después de hablar, llorar, gritar, reír, cortara la cuerda, tal cual como quien corta un cordón umbilical, y lo dejase ir. Pero no sucedió exactamente como la bruja indicó. El globó quedó engarzado de la rama de un árbol, y Sofía que sabía lo importante que era que la bomba se llevase el peso que su amiga ya no podia soportar, movió el árbol, una y otra vez, hasta que al fin se desengarzó.
Por eso, esta vez, en Central Park, Ella se había asegurado que no hubiese árboles cerca. Por si a las dudas, y también para que le avisara cuando se acercara un extraño, se había llevado a Penélope. Para eso claro, y para que la acompañara; nadie quiere estar sólo cuando siente dolor.
- ¿Para quién son todos estos globos?, le preguntó Pe.
- Para mí, le dijo Ella.
- Obvio. Me refiero, a quienes están dirigidas las cartas que van adentro.
Ella no habló. Se quedó en silenció, y recordó una serie de televisión en la que la protagonista había subido a la cima de una montaña nevada con un morral cargado de piedras escritas con los nombres de distintos sentimientos: "Lástima", "rabia", "miedo". Al personaje se lo había recomendado un viejo chamán. Ella estaba aliviada de que los globos simbolizaran lo mismo, porque un morral lleno de piedras le parecía demasiado extremo. Con lo torpe que era, seguro hubiese caído y muerto con el peso de las piedras. Le indicó a Penélope que le pasara los globos, uno a uno, y luego las tijeras para cortar la cuerda. Había funcionado hace seis años, por qué no serviría ahora. La única diferencia es que esta vez no se despedía de un despecho. Esta vez Ella quería dejarlo ir todo: el dolor de un viejo amor contrariado, el miedo al fracaso, el temor a que la gente no la quisiese, su baja autoestima, los problemas con su madre, los engaños, las traiciones -las que Ella había cometido, las que le habían hecho a Ella- sus rabietas infantiles, las heridas que tanto amor y desamor le habían causado, y sobre todo el pánico a dejarse querer. Permaneció estoica casi hasta el final. Sólo cuando cortó el cordón del último globo, uno de color rojo, derramó varias lágrimas. Se la secó, respiró, se volteó y le dió la cara a su amiga Penélope, quien había presenciado todo el ritual.
- ¿Ya. Lo dejaste ir todo?
- Por ahora, respondió Ella, y ambas emprendieron camino hacia la salida del parque, por la calle 81.