lunes, 4 de agosto de 2008

Más drama, por favor

- Él sería un gran esposo, le dijo la chica rubia y rogordeta a otra de cabello castaño y facciones europeas.
- ¿Y por qué no te casas con él?, le preguntó la de facciones europeas.
- Porque es muy bajito, contestó la rubia y regordeta.
A ambas me las topé en el tren Larchmont-Nueva York. Estaban sentadas, una al lado mío, la otra enfrente, y yo que tengo la mala y compulsiva costumbre de escuchar conversaciones ajenas me quedé enganchada en esta. Supuse que rondarían los 30 años, que eran amigas, no grandes amigas, y que ambas estaban solteras. En los siguientes minutos de charla comprobé esto último, pues hablaban de los hombres con los que salían, de las fiestas a las que iban y de cuánto bebían.
Con que así son las verdaderas neoyorquinas de Sexo en la ciudad (Sex and the city, la película, la serie). No tan diferente a las de la ficción, me dije. Sin calzados Manolo Blahnik, pero con historias similares. Escuché la conversación durante los 40 minutos que duró mi camino (yo me bajé antes) y llegué a una conclusión: no era una charla interesante, ellas mismas no lucían demasiado emocionadas, más bien hablaban con cierto dejo y fastidio. Esa conversación carecía de algo.
Me pregunté si la charla sería igual si se diese en Caracas y recordé lo que me dijo la actriz Nohely Arteaga dos días antes de mi venida a Nueva York cuando hacíamos un editorial, fotográfico para la revista Todo en Domingo, de cómo sería Sexo en la ciudad si se rodara en Caracas. Cuando le pregunté sobre la serie Arteaga me dijo: "Es muy neoyorquina. Si fuese en Venezuela, habría más drama. Le hace falta pasión caribeña". No sé si Nohely tiene razón con respecto a la serie, tendría que verla detenidamente para llegar a un veredicto, pero sí puedo asegurar algo. La razón por la que la conversación de la regordeta y la aparentemente europea se me hacía aburrida, era esa: le hacía falta drama. Dónde quedaron el "¿ay pero será que de verdad le gusto¿", "¿lo llamo?" "¿pero tu viste como me miró toda la noche?", que posiblemente hubiese escuchado si la conversación se hubiese dado entre dos venezolanas en el metro de Caracas.
Mi amigo Nacho, venezolano que vive desde hace seis años en Nueva York, me confesó que esa había sido una de las razones para irse del país: "Necesitaba escapar de todo ese drama que le encanta a los venezolanos, 'esos ay pero me miró mal, ay pero será que le devuelvo la llamada'. No pana".
No pana le respondería yo. No existe vida sin drama. No existen historias sin dramas. El drama es inherente al ser humano, y evadir el drama es evadir la vida. Pero en lugar de decirle todo eso a mi amigo le pedí que me definiera el concepto con sus palabras y me dijo: "Es todo conflicto innecesario". ¿Y cómo diferenciamos entre un conflicto innecesario y uno necesario? ¿No es el conflicto una vía para lograr soluciones y evolucionar? Yo creo que sí, y arbitrariamente, y porque este es mi blog y punto, digo que la vida sin drama es aburrida y podría ser una tragedia. Sí. ¿Que hubiese pasado si Shakespeare hubiese dicho que le fastidia el drama, que no lo quiere, que es innecesario? No quiero ser Shakespeare ni creo que pueda, pero sí se que no quiero una vida aburrida, ni historias desabridas como las de las amigas en el tren.

2 comentarios:

J. dijo...

Hay que tener sal en la vida...y picante...
Totalmente de acuerdo.
Saludos

mara dijo...

me impresiono como captastes el sentimiento de estas nepoyorkinas, y la vida facil sin sazon de los americanos tan diferentes a la de los venezolanos. TE FELICITO